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Crisis, transparencia y vara contra la corrupción

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El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violenciaBYUNG-CHUL HAN, La sociedad de la transparencia.

Ante la falta de alternativas al actual sistema, las propuestas de los denominados partidos emergentes se sitúan en el ámbito de la lucha contra la corrupción, y la necesidad de mayores niveles de transparencia para lucha contra aquélla. Son partidos nacidos de un sustrato de despolitización, de odio a la clase política, que ahora es identificada como casta.

En el camino hacia la transparencia, se apuesta por el perfeccionamiento de los aspectos formales, procedimentales, sin entrar en el fondo del asunto. Como dice Han en La sociedad de la información, esto equivale a una despolitización, ya que “la política cede el paso a la administración de necesidades sociales, que deja intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes y se afinca allí”.

Por otra parte, la exigencia de transparencia para luchar contra la corrupción, no deja de representar una proposición para que el sistema dado (el capitalismo) funcione mejor desde el punto de vista económico, para lo cual es necesario dejar hacer a los mercados sin las molestas interferencias de unos políticos que, al estar expuestos constantemente a la luz y taquígrafos de los medios de comunicación, se encuentran controlados y maniatados por éstos, además de mostrarse sumisos a los poderes fácticos del sistema. Todo ello, también comporta una tendencia hacia la jibarización del sector público a favor del sector privado, al tiempo que -contrariamente- la vida privada de las personas se transforma en pública.

En la sociedad de la información la corriente en pos de mayor transparencia se convierte en impetuosa, dado que los principales agentes de la misma son los poderosos medios de comunicación que, a través de ella, consiguen facilidades en la realización de su tarea investigadora y controladora de la actuación de la clase política, además de ofrecer al público los terribles casos de corrupción. Ante una sociedad que en su mayoría está sufriendo los efectos de la crisis, la publicación de conductas abyectas de los políticos contribuye a señalar a estos como chivos expiatorios de todos los males sociales.

Por ello, los partidos de gobierno también se suman a la onda transparente. Así, vemos que el gobierno del PP ha aprobado una Ley de Transparencia y asistimos en su día a la idea ocurrente del candidato socialista a presidir la Junta de Extremadura, consistente en la grabación de las reuniones con los líderes de Podemos , para tratar de los pactos de gobernabilidad en dicha región. Esta actividad teatral desnaturaliza la acción política, pues como indica Han “la política es una acción estratégica. Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza”. De hecho, nadie se puede creer que fuera del envaramiento propio de unas reuniones grabadas, sus protagonistas no se soltarán la melena para hablar claro y raso.

No deja de ser sorprendente cómo la ciudadanía, que muestra su temor a que su vida sea controlada por el entramado empresarial cibernético y los servidores sirena (el Gran Hermano), se decante por saber todo, no solo sobre la actuación pública de los políticos, sino también sobre aspectos privados de los mismos. Es como mirar los toros desde la barrera y coincidir en ella con unos medios de comunicación ávidos de este tipo de información.

De esta manera, es posible entender el lamentable espectáculo al que estamos asistiendo, con las exigencias de cambios radicales y mayores cotas de transparencia que los partidos emergentes están imponiendo a los clásicos. Para evitar el abrazo del oso y al objeto de disfrutar de unos momentos de gloria, clavan la anilla en el hocico de la bestia, con una mano en la cadena y con la otra la vara, la hacen bailar al son que desean y efectuar giros de 180º (antes ensayados por ellos, con sus promesas de jubilaciones a los 60, renta básica, impago de la deuda…) con las poses más grotescas. Hasta son capaces de mirar con lupa la cantidad de corrupción excretada por el organismo salvaje.

Y es tan estruendosa la charanga, que hasta alguno/s miembro/s secreto/s del clan del oso se ofrece/n a grabar -y difundir en los medios de comunicación- antiespectáculos celebrados en despachos oficiales, aunque sea con dos años de retrasos y mediante la comisión del correspondiente delito.

Ahora, cuando acabamos de elegir a nuestros representantes políticos, confiemos en que la labor parlamentaria de estos no se limite a señalar casos de corrupción (en definitiva, a apuntar hacia el pasado), sino en que sus propuestas apunten hacia el futuro, allí donde habrá que buscar nuevas fórmulas para hacer posible una mejora de la calidad de vida de nuestros ciudadanos.

 

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Chivos expiatorios de la crisis

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El problema de España es que los peores de nosotros son los que llegan al poder.
El pueblo español es muy solidario, muy generoso, es inteligente, trabajador,
pero la política se ha desprestigiado hasta el punto de que los más torpes y manejables, aquellos que menos respetan el arte de conseguir que la gente viva bien,
son los que están en el poder
“.
BENJAMÍN PRADO (escritor). Levante-EMV, 27-4-14.

Abnegados servidores del sistema (no reconocen ninguna alternativa al mismo, ¿alguien ha propuesto una salida viable al capitalismo?), los políticos tomaron decisiones difíciles para salvar al sistema capitalista de la crisis económica de 2008. Al objeto de evitar el derrumbe del capitalismo, los dirigentes de los países afectados por la crisis -es decir, casi todos- inyectaron dinero público al sistema bancario para que no se hundiera completamente, pues eso -ya se sabe- significaría la erradicación del capitalismo, ya que se predica como principal característica del sistema financiero la de actuar como sistema circulatorio de la anatomía social. Y, si falla el sistema circulatorio en cualquier organismo, el pronóstico es bien fácil: la muerte.
Una vez reconvertida la deuda privada en deuda pública, a través de ese trasvase de recursos hacia el sistema financiero, se ha producido una disminución del nivel de vida de la clase media y de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.
Al tiempo, los agentes del capitalismo, con la inestimable colaboración del sistema mediático que ellos controlan, han lanzado una campaña masiva de desprestigio de la clase política. Una campaña que -¡cómo no!- ha calado en la opinión pública, de forma que los políticos se han convertido en el chivo expiatorio de todos los males habidos y por haber, en este periodo de profunda y extensa crisis económica.
El desprestigio de la clase política (ya convertida en casta) ha venido de la mano de los casos de corrupción (destapados, fundamentalmente, por los medios de comunicación) procedentes, en su mayoría, de operaciones irregulares y/o ilegales efectuadas en la época de bonanza, cuando la actividad económica (con la inmobiliaria a la cabeza) iba viento en popa a toda vela, el dinero corría alegremente de mano en mano (pública o privada) y era, por tanto, más fácil caer en la tentación de distraer recursos públicos hacia bolsillos privados y cajas de los partidos políticos con cuotas de poder.
Con la clase política maniatada por el incesante desfile de casos de corrupción, se producen los siguientes fenómenos socio-políticos:

1º. El pueblo (las personas que han sufrido en sus carnes los efectos nefastos de la crisis) ya tiene su particular chivo expiatorio de los desmanes sociales (lo que le exonera de cualquier responsabilidad individual o colectiva en la génesis y el desarrollo de la crisis. Evidentemente, las personas no son responsables de la crisis económica, sino sus víctimas. Aunque también deberíamos evitar caer en el populismo ramplón, de palabra (como el de la cita plasmada al inicio), acción u omisión, pues no podemos obviar que los representantes políticos son pueblo y han sido elegidos por el pueblo. Tampoco hemos de taparnos los ojos ante la verdad que esconde el dicho: “Dale un carguito si quieres conocer a fulanito
2º. La clase capitalista fortalece su posición hegemónica en la regulación del sistema, de manera que, ante las dificultades que presentan las empresas para sobrevivir a la crisis, se llevan a cabo reformas laborales que tienen como consecuencia la reducción drástica de derechos socio-laborales, la bajada de salarios y retribuciones de los funcionarios, la congelación de pensiones, así como el aumento del paro.

Como muestra, un espléndido botón:
En la portada del mes de enero de 2015 de la revista Actualidad Económica se lee: “Contra la corrupción, más mercado. Reducir el Estado y despolitizar la vida económica y social frenaría los comportamientos deshonestos”. La editorial dice:

“En contra del tan extendido dogma de que para acabar con la corrupción debemos otorgar al Estado mayores poderes que en la actualidad, el camino verdaderamente eficaz es el opuesto. La corrupción masiva solo puede darse allá donde el Estado detente un poder excesivo, que no le corresponde: si este requisito no se da, tampoco habrá espacio posible para la corrupción. Tan simple como eso”.

Es decir, que la corrupción solo afecta a políticos y funcionarios depravados (cuando en los casos de corrupción resulta imprescindible la presencia de algún empresario que ofrezca dádivas, o que reciba beneficios en forma de adjudicaciones de obras o servicios públicos), pues aunque se reconoce que

“La corrupción es una lacra que puede darse tanto en el ámbito público como en el privado […] la corrupción que se circunscribe al ámbito privado es un problema que solo afecta a las partes implicadas y que debe ser resuelto por ellas“.

Con lo que estamos dando por supuesto que las prácticas empresariales gozan de la presunción de honestidad, lo que está bien lejos de la realidad, pues de todos son conocidos las ententes, acuerdos y demás actos de negocios que atentan contra los intereses de los sacrificados consumidores que (ahí, sí) no cuenta con el respaldo de los poderes públicos, sujetos a la lógica de la economía de mercado y capitalista.
Para romper estas cadenas que parecen atenazar tanto a los políticos como al pueblo que le da sustento, es necesario llevar a cabo una renovación de planteamientos ideológicos y de reforma de los postulados políticos, que sea capaz de lograr los objetivos siguientes:

a) La realización de un análisis sereno, en sus formas, y radical, en su contenido, al objeto de estudiar las causas profundas de la crisis y las posibles alternativas para, a partir de sus efectos nocivos, elaborar las alternativas socio-económicas y políticas que conlleven el bienestar social y la disminución de las desigualdes sociales.
b) El establecimiento de un pacto entre la sociedad civil y los representantes políticos, que permita devolver la confianza al sistema representativo (democrático).

Para ello, sería imprescindible modificar la legislación electoral, más que alrededor de las consabidas propuestas sobre listas abiertas (un auténtico lío) y el sistema de primarias para elegir a los líderes de los partidos (demasiado ruido para tan pocas nueces), en el sentido de fijar el número de elegidos en proporción al número de votantes. Es decir, establecer unos mínimos y unos máximos para cada institución representativa y, de conformidad con la participación de los electores en cada elección, marcar el número total de representantes.
De esta manera, se devolvería la palabra al pueblo y, lo que es más importante, el sentido de responsabilidad en la toma de decisiones políticas.
[Hay una propuesta para la sociedad valenciana en http://wp.me/p4n4JW-74, del blog lavalenciavirtual.wordpress.com]
Y los políticos, con sus hechos, deberán buscar la motivación del electorado, pues el número de cargos políticos (remunerados) estará determinado por la participación electoral.
Con esto, ¿será posible que un nuevo panorama se abra ante un ciudadano más consciente de la realidad y, por ello, más responsable de sus acciones, y que la clase política, junto con los medios de comunicación, sean capaces de introducir en su hoja de ruta político-mediática, temas de mayor calado social?
(Ilustración: Graffiti en Parque de Marxalenes, Valencia)

Corrupción: los árboles no dejan ver el bosque (ni la viga en ojo propio)

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Los casos de corrupción (su investigación por los medios de comunicación, partidos políticos adversarios, fiscales y jueces, así como su divulgación pública) ocupan un lugar preeminente entre los problemas que preocupan a la sociedad española (después del paro, según las múltiples encuestas que se realizan al respecto). Tanto es así, que han llegado a capitalizar el tránsito del bipartidismo imperfecto al tetrapartidismo cojonero, el cual ha convertido en misión (casi)imposible la formación de un gobierno para España.
Perpetrados en épocas de gran bonanza económica, antes del comienzo de la profunda crisis económica, los casos de corrupción se proyectan como sombras siniestras que amenazan el desarrollo pacífico de la vida social. Como un cuentagotas, desfilan por los medios de comunicación personas y organizaciones otrora depositarias de la confianza de la gente, en su calidad de agentes protagonistas del desarrollo económico y del bienestar social, y ahora convertidos en objeto de la sospecha de los medios de comunicación, de los tribunales de Justicia y, cómo no, de los diferentes círculos sociales.
Pero, ese trastabilleo social tiene hipnotizada a la opinión pública, de forma que la crítica social profunda que precisa el estudio de las causas que provocaron la crisis, así como las alternativas ideológicas y prácticas para superar la misma, no pueden abrirse camino en las mentes de las personas y, por lo tanto, no posee la suficiente energía para protagonizar el debate público, ni tan siquiera entre los sectores sociales más avanzados intelectualmente. Unos y otros, observan con morbo incontenido las crónicas periodísticas sobre las posibles tropelías de nuestros representantes políticos (mejor si son del polo partidario opuesto), sindicalistas y empresarios de postín, así como los actos por los que los órganos jurisdiccionales investigan (antes imputaban)  a los agentes políticos por la comisión de presuntos delitos.
Trasunto de los contenidos de la denominada “prensa rosa”, las crónicas jurídico-mediáticas y los programas de tertulias realizan la función catárquica que anteriormente correspondía a la prensa del corazón y, de manera aún más preterida a los fenómenos socioculturales ligados a la tragicomedia. Sumida la gente en sus miedos y preocupaciones cotidianas para intentar llegar a final de mes, encontrar o no perder el empleo, el señalamiento y escarnio mediático y las imputaciones y procesos judiciales, junto con las correlativas entradas en prisión (cuando se producen) de personalidades de la vida pública, supone un revulsivo para sus males.
Y, siendo conscientes del rédito electoral que creen obtener con este pimpampum de la corrupción mediática, determinados partidos políticos se apuntan a la floración del mismo, de manera que se produce un incremento exponencial de la judicialización de la vida política, lo que aumenta la percepción social (ya de por sí intensa) de que la corrupción domina la escena política española.
De ahí al desprestigio de la clase política, ya tildada como “casta” (ahora, “trama“…) por las formaciones políticas emergentes, que pretenden desmarcarse de status quo actual, al objeto de granjearse el favor del electorado en un futuro inmediato. Y, parece que la cosa funciona, y la espiral de la indignación no deja de crecer… y los gobiernos devienen fallidos antes de nacer.

Sin embargo, paralelamente (como efecto colateral no deseado por esas mismas organizaciones, que enarbolan banderas, más o menos, revolucionarias o regeneradoras), se enseñorea del campo ideológico y práctico la teoría neoliberal, la cual (no debe olvidarse) pregona la jibarización de las estructuras estatales, autonómicas y locales, entendidas como obstáculos indeseables en la marcha triunfal de una economía de mercado, montada sobre la base ideológica del “lassez faire, lassez passer” (cuestión que será tratada con mayor extensión en el próximo artículo).
En todo esto, es esencial el papel de los medios de comunicación, ya que, en el juego de equilibrios entre política y economía, se decantan a favor de la hegemonía de ésta última (lógico en las empresas que constituyen la mayor parte del campo comunicacional y que siguen a pie juntillas la lógica de búsqueda de beneficios empresariales). En este sentido, no se puede obviar que, excepción hecha de los medios de comunicación de adscripción pública (a los que siempre se les describe como voceros del gobierno de turno), la inmensa mayoría de dichos medios son de propiedad privada, auténticos holdings económicos con gran influencia en el devenir social y que, para incrementar su hegemonía social, procuran tener maniatada a la clase política con la complicidad de la gente, ganada día a día, noticia a noticia, tertulia a tertulia, neurona a neurona.
Así, los sectores sociales de adscripción ideológica progresista elevan a sus altares laicos a estrellas mediáticas, como Ferreras, Ana Pastor, Jordi Évole y Wyoming, presentados como martillos pilones contra la corrupción de los políticos conservadores. Por ello, son considerados líderes de la denuncia y, lo que resulta más que dudoso, del cambio social. Unos y otros, estrellas mediáticas y seguidores, no son conscientes de que no hacen más que reescribir el epigrama de El Gatopardo: “Que todo cambie para que todo siga igual“. Pues, en esta materia, hay “mucho ruido y pocas nueces” y, ante tanto barullo comunicacional, los árboles no dejan ver el bosque donde pueden acampar las ideas capaces de generar una alternativa viable al insatisfactorio estado de cosas actual.
En definitiva, tendremos que pergeñarnos de los instrumentos intelectuales adecuados para estar en condiciones de contestar a la pregunta capital: ¿Aún es viable el sistema capitalista? Si lo es, ¿qué reformas habrá que introducir en él, al objeto de reducir la miseria y las desigualdades sociales? Si, por el contrario, se llega a la conclusión de que el capitalismo ha llegado a su fin, ¿qué sistema ha de sustituirlo?
Si no somos capaces de pararnos a pensar y nos dejamos llevar por la corriente entrópica del potente río mediático, el oligopolio pesquero de siempre obtendrá las ganancias de toda una vida, la vida de cada uno de los seres humanos.
(Ilustración: Graffiti del Parque de Marxalenes, Valencia)