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La política como religión, con perdón

Es evidente que el proceso de secularización social también ha invadido el terreno de la política. No solo es un fenómeno ubicado en el espectro de la izquierda que se reclama atea y antirreligiosa (aquella que no quiere ver crucifijos en las aulas, y apuesta por las bodas civiles y los bautizos cívicos), sino que ya se extiende a todas las fuerzas políticas.

Este proceso contra el sentimiento religioso viene a sustituir a la energía revolucionaria en los brazos de los parias de la Tierra y en las mentes de los intelectuales comprometidos. Durante los primeros momentos de la crisis de 2008, vivimos cierta incertidumbre sobre la viabilidad del sistema capitalista, productor eficaz de bienes y servicios, y distribuidor de bienestar social a amplias capas de la sociedad, en épocas de bonanza económica, aunque también es amplificador poderoso de la desigualdad social y la miseria durante los ciclos de crisis profundas.

Desterrado, por ahora, el cambio revolucionario, los ojos de los políticos reformistas se han vuelto sobre el fenómeno de la corrupción, en cuanto causa y efecto de los males que afectan a ese sistema socioeconómico tan injusto. Además, la lucha contra la corrupción posee la virtualidad de poner ojos y cara a los responsables máximos del statu quo nefando, aquellos que se han aprovechado de las oportunidades facilitadas por el sistema y que, con ello, han provocado el shock del tinglado financiero y de la economía en general.

Pero la corrupción no es un concepto exclusivo de un sistema socioeconómico. En la realidad física, la corrupción se predica de un cuerpo sano que se deteriora por la enfermedad y por el paso del tiempo. Según los postulados religiosos, la corrupción atañe a un alma inmaculada que se pierde por el pecado.

Entre la impotencia revolucionaria y las tendencias secularizadoras de la sociedad, resurge con fuerza la doctrina ideológica de búsqueda de la perfección (¿espiritual?) del sistema realmente existente -y sin alternativa posible-, a través del esfuerzo por alcanzar su pureza máxima. Ello se pretende conseguir por medio de las políticas de transparencia de las actuaciones de los cargos públicos, y de la lucha contra los casos de corrupción. Sin embargo, estas políticas rehuyen el esfuerzo por plantear propuestas viables a las deficiencias socioeconómicas del sistema y, en la mayoría de las ocasiones, suponen una mera actitud de desgaste del adversario político, al objeto de hacerse con el poder.

Esta inclinación hacia la religiosidad en el campo de la política, se salda con la proliferación de declaraciones públicas por las que se pide perdón por los pecados cometidos en el presente o en pasado, por los mismos declarantes, o sus correligionarios y afines. Investidos de la Gracia otorgada por las urnas, los oficiantes de los ritos de la nueva religión exigen el perdón sincero de los gobernantes hacia La Gente, ese nuevo tótem político elevado a los altares de la democracia virtual, al cual se debe veneración absoluta y completa sumisión.

Lo acabamos de observar con las disculpas ofrecidas por el Ministro de Fomento a las personas atascadas en el temporal de nieve por las penosidades padecidas, así como con el perdón dirigido a los familiares de las víctimas del Yak-42 de la Ministra de Defensa María Dolores de Cospedal, con motivo del dictamen del Consejo de Estado sobre las responsabilidad del Gobierno de Aznar y, particularmente, del ex Ministro de Defensa Federico Trillo.

Como síntoma de lo políticamente correcto, las izquierdas demandan perentoriamente a las derechas que condenen dictaduras del pasado, y la Iglesia pide perdón por la condena de la Inquisición a Galileo Galilei (de eso hace ya unos cuantos años)… Por este camino, no habrá suficiente perdón en la faz de la Tierra para exculpar todos los males causados por los humanos sobre otros humanos, desde el momento iniciático en que Caín mató a su hermano Abel con la quijada de un burro.

Mas, todo pecado lleva aparejada su correspondiente penitencia. Y en la nueva política, esta se sustancia mediante la asunción de responsabilidades políticas… o la cárcel. Pues, debemos tener bien presente, que la beatitud de los sacerdotes de la pureza política se complementa a la perfección con la crueldad implacable dispensada a los adversarios ideológicos.

 

 

 

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Una democracia virtual y ‘trumposa’

En esta época que nos ha tocado vivir constatamos fenómenos políticos y mediáticos como los encarnados en  Silvio Berlusconi, primero, y  Donald Trump, últimamente. Son personas carismáticas procedentes del mundo empresarial y con una fuerte presencia en los medios de comunicación, tanto en lo que respecta a su propiedad como en lo referente a la presencia en los mismos. Con ello, y  transmitiendo mensajes que masajean los oídos de la gente -más o menos indignada con la clase política tradicional-, han conseguido el máximo poder político en sus países.

Paradójicamente, estos magnates (conservadores) de la empresa y la política internacional han  acabado unidos, por los rayos catódicos, a otros líderes mediáticos, por ejemplo, a los del partido de los indignados españoles (¿de izquierdas?, ¿socialdemócratas?, ¿de los de abajo?, ¿transversales?), es decir, Podemos.

Ante estos fenómenos de la vida política y mediática, hemos de preguntarnos: ¿Estamos asistiendo a la construcción de una realidad político-mediática virtual, o de política-plasma, alternativa al sistema político actual?

Porque, inmersos como estamos en la sociedad de la información, los líderes políticos que saben utilizar los resortes que dirigen aquella (radio, televisión y redes sociales) consiguen los objetivos que se proponen, desde una fuerte presencia institucional hasta la obtención de la presidencia de gobiernos de países importantes. De esta manera, Berlusconi consiguió ser Presidente de Italia, como ahora Trump ha logrado la Presidencia de los Estados Unidos. Del mismo modo, no se puede entender la emergencia en el ámbito político español de Podemos, si no tenemos en cuenta la omnipresencia de dicho partido en los medios de comunicación, fundamentalmente la televisión.

En este sentido, y centrándonos en la realidad española, parece que  los principales medios de comunicación privados y determinadas fuerzas políticas emergentes, entre las cuales destaca Podemos, están enfrascados en la consolidación de una realidad virtual paralela a la de la política real, aquella que se despliega en el Congreso y el Senado, además de en los distintos parlamentos autonómicos, ayuntamientos, diputaciones provinciales, sedes de los partidos políticos, etc. Se trata de un fenómeno hermano del que representa la economía virtual (o especulativa), respecto de la economía real, y que tantos quebraderos de cabeza está causando a la clase política y, principalmente, al ciudadano de a pie (buena parte de los economistas consideran a la crisis financiera como causa detonante de la crisis económica actual).

Tanto la una (la economía virtual), como la otra (la política virtual) funcionan con un mecanismo propio generador de burbujas (fuertes expansiones que las alejan de los parámetros reales) que, cuando alcanzan determinados niveles de saturación, se pinchan. En ese preciso instante, los signos de la realidad se imponen y se destruyen los castillos de naipes con los que se ha jugado la partida de la realidad virtual.

También es común a las virtualidades económicas y políticas el fenómeno de expansión por contagio viral: transmisión exponencial de los datos a través de los sistemas de información dominados por el Big Data y las redes sociales.

Mas, en la realidad virtual política, se ha llevado el Gato el Agua la nueva generación de políticos que provienen, en buena parte, del colectivo de los  indignados, pronto convertidos en casta-plasma, por mor de su omnipresencia en los  medios de comunicación de titularidad privada y, de rebote, por contagio viral, en los mass media públicos. Así puede explicarse que, antes de la fundación de Podemos, su futuro líder  Pablo Iglesias  ya actuara como auténtico  superstar en los principales canales de televisión privada. Después se produjo la presencia mediática de otros líderes de su movimiento como  Tania Sánchez, para a continuación -con la creación de Podemos como partido político- intensificar la visualización de esta organización recién nacida.

Ello ayuda a explicar el crecimiento exponencial de esta fuerza política, a partir del logro de cinco representantes elegidos por el pueblo en la elecciones al Parlamento Europeo de 2014 (conseguidos, por cierto, con un programa que prometía el oro y el moro, como la jubilación a los 60 años, y que acarició los oídos de 1.250.000 votantes españoles, sensibles a los efectos nefastos de la crisis e inclinados a señalar como culpables de la misma a la clase política real, ahora transformada en “casta”).

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Y, en este nuevo terreno de juego virtual, las apariciones televisivas y las encuestas (con datos de lo mas variado y fluctuante; como hechas a medida) pretenden sustituir a las urnas, esas cajas transparentes con ranura en su parte superior, en las que se recoge el voto secreto que ha de elegir a las personas que “SÍ nos representan” en las instituciones donde reside la soberanía nacional y la voluntad del cuerpo electoral.

No debe extrañarnos que el fenómeno de la política virtual prolifere en esta  sociedad del espectáculo que nos ha tocado vivir, donde predominan las actitudes infantiloides de buena parte de la ciudadanía -que tan solo anhela la diversión y el entretenimiento-, como causa o efecto, entre otras cosas, de que los niños se han convertido en los “Reyes de la casa”.

Pues, a pesar de que parece existir una gran efervescencia social y política, esta sociedad manifiesta una gran carencia de sentido de responsabilidad respecto de la marcha de la sociedad y de compromiso político, sindical y civil; en realidad son colectivos bastante reducidos en número los que bajan a la arena político-social. La calle, siempre es una inmensa minoría respecto de la gente, aunque los dueños de aquella, a menudo, se erigen en representantes de esta, y  los medios de comunicación se manifiestan como la caja de resonancia de ese ruido social. El resto de la población se limita a ver los programas televisivos donde se representan las contiendas políticas en forma de debates y tertulias -si puede ser- bien subidas de tono, pero en las que  la sangre nunca llega al río.

Al final,  el máximo esfuerzo realizado por la gran mayoría de los ciudadanos en materia política, consiste en dirigir el dedo acusador contra la casta (apacible chivo expiatorio en el que se concentran todos los males y todas las culpas), dar pábulo a sus desmanes (casos de corrupción realizados por algunos de sus representantes durante la época de bonanza económica), en los círculos de amistad y de trabajo, así como en las redes sociales. Y contar chistes, muchos chistes; y transmitir muchos  memes en las redes sociales, en los que las víctimas de la chanza son aquéllos que “SÍ nos representan” (como mínimo, hasta que dejen de representarnos, si así lo decidimos las personas que depositamos una papeleta en una caja transparente, con ranura en su parte superior, y que damos en llamar “urna”).

Con(tra) Franco viví(a)mos mejor

De un tiempo a esta parte la política está marcada por la superficialidad, ante la falta de alternativas sólidas y creíbles a la fuerte crisis que padece el sistema socio-económico imperante. Los efectos más llamativos de esta superficialidad los encontramos en los siguientes hechos:

-La preponderancia del marketing y de las formas, como manera de diferenciarse del oponente político que, por cierto, cada vez es más igual en cuanto a mantener el statu quo del sistema.

Poder cada vez mayor de los medios de comunicación por lo que respecta al establecimiento de la hoja de ruta y las formas en las que se exterioriza la política. Ello se manifiesta en los fenómenos siguientes:

·Selección de líderes mediáticos, como productos elaborados en los platós de televisión, fundamentalmente (vid. ‘Líderes mediáticos, ¿líderes mediatizados?’ http://wp.me/p5yGMp-1e).
·Fervor por el sistema de primarias para la selección de estos líderes.
·Trasvase del debate político de los parlamentos a los platós televisivos (vid. ‘#Democracia_Virtual_Ya’ http://wp.me/p5yGMp-2C).

Dentro de este contexto socio-político, las formaciones que se reclaman transformadoras acaban afirmando su voluntad de respetar el marco del sistema capitalista, a pesar de proponer unas alternativas falsamente revolucionarias:

a) Identifican la democracia con sus creencias políticas y a ‘la gente’ con sus seguidores y votantes. Eslóganes como el de “no nos representan” del movimiento 15-M, y el más reciente de “la democracia ha vencido en Grecia”, tras el triunfo del ‘NO’ en el referéndum convocado por Tsipras, con la posterior sumisión a las exigencias de la la UE, por cierto.

b) Pugnan por poner cara a los presuntos culpables de la crisis que, por ello, son señalados como los responsables de las desigualdades inherentes al sistema capitalista. Ello tiene el efecto benefactor de simplificar al máximo las complejidades inherentes a cualquier intento de aprehensión rigurosa de la realidad socio-económica.

Tal vez por ello, estas fuerzas transformadoras, que en un principio abrazaban la ideología marxista, ahora andan navegando por las procelosas aguas de la transversalidad y la ambigüedad ideológica.

Sin ir más lejos, el mismo Marx huyó de las simplificaciones y no se limitó a señalar con el dedo acusador a los capitalistas como responsables de todos los males que acarrea el capitalismo. Ni siquiera la clase capitalista en su conjunto debería de asumir ese papel de chivo expiatorio de la desigualdad y la alienación inherente al sistema que ella dirige. Pues, para Marx “… El capitalismo es un sistema de dominación abstracto e impersonal. Comparado con las formas sociales anteriores, las personas aparentan ser independientes pero, de hecho, están sujetas a un sistema de dominación social que no parece social, sino ‘objetivo’ (Tiempo, trabajo y dominación social. Una reinterpretación de la teoría crítica de Marx, Moishe Postone, Ed. Marcial Pons, Madrid 2006, pág. 186).

Según la teoría marxista, igual de infeliz (alienado) es el pobre proletario como el rico capitalista. La condena de ambos residía en vivir atados a un sistema injusto que hundía sus raíces en la conversión del trabajo humano en mercancía. Evidentemente, la concreción de estas premisas marxistas, así como su revocación y la propuesta de alternativas rigurosas, exigen una ingente labor intelectual, muy alejada del ruido mediático actual, de los focos deslumbrantes de los platós de televisión, y del confeti y las banderas derrochados en cualquier primaria que se tercie.

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Graffiti por la zona de El Temple, Valencia

¿De qué nos sirven esas posturas políticas basadas en el sentimiento de indignación (por tanto, en la irracionalidad y la irreflexibilidad), si no es para identificar al adversario político como chivo expiatorio de nuestros males, al objeto de movilizar a la gente contra ellos dentro de la estrategia de conquista del poder?

Por eso el título de la entrada, válido tanto para los partidarios como para los detractores de Franco. Los primeros, consideraban que, efectivamente, bajo su mandato se vivía mejor. Para los otros, Franco -como dictador- encarnaba al régimen opresor, de modo que su figura facilitaba la visualización del responsable de la instauración y mantenimiento de un sistema falto de las mínimas libertades públicas. Luchar contra Franco era luchar contra un sistema injusto y antidemocrático. En ese sentido, los dictadores facilitan la tarea de identificación del enemigo a batir, pues el rechazo a cualquier dictadura se manifiesta de una manera más clara.

Ahora disfrutamos de un régimen democrático dentro del sistema capitalista (con todos sus defectos). Por ello, poner rostro humano a las desigualdades inherentes al sistema facilita la tarea intelectual. También se logra el mismo objetivo a través de poner etiquetas ideologizadas que, seleccionando algunos aspectos de la realidad, favorecen la venta de determinado producto político entre ‘la gente’, que de esta manera se indigna con facilidad. ‘Casta’, ‘partidos nuevos-partidos viejos’, ‘empoderamiento’ y ‘rescate’ (de) ‘la gente’, ‘ley mordaza’, ‘impuesto al sol’…

En estos tiempos (líquidos) que corren, se imponen los tuits de 140 carácteres y los libelos de 70 páginas escasas (vid. ‘Indigna(d)os’ http://wp.me/p5yGMp-12). Todo ello, va dirigido a buscar en nosotros respuestas emocionales, estados de indignación, ante una situación social insatisfactoria.

No obstante, ‘hem d’anar més lluny‘, hemos de buscar la radicalidad (de ‘raíz’) de los contenidos ideológicos, madurados en debates serenos y rigurosos, si queremos que la Humanidad siga la hoja de ruta adecuada para lograr el máximo bienestar posible de nuestra especie.

(Foto: Retirada de la estatua de Franco en Valencia, 1983. Fuente: El País)

Crisis, transparencia y vara contra la corrupción

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El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violenciaBYUNG-CHUL HAN, La sociedad de la transparencia.

Ante la falta de alternativas al actual sistema, las propuestas de los denominados partidos emergentes se sitúan en el ámbito de la lucha contra la corrupción, y la necesidad de mayores niveles de transparencia para lucha contra aquélla. Son partidos nacidos de un sustrato de despolitización, de odio a la clase política, que ahora es identificada como casta.

En el camino hacia la transparencia, se apuesta por el perfeccionamiento de los aspectos formales, procedimentales, sin entrar en el fondo del asunto. Como dice Han en La sociedad de la información, esto equivale a una despolitización, ya que “la política cede el paso a la administración de necesidades sociales, que deja intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes y se afinca allí”.

Por otra parte, la exigencia de transparencia para luchar contra la corrupción, no deja de representar una proposición para que el sistema dado (el capitalismo) funcione mejor desde el punto de vista económico, para lo cual es necesario dejar hacer a los mercados sin las molestas interferencias de unos políticos que, al estar expuestos constantemente a la luz y taquígrafos de los medios de comunicación, se encuentran controlados y maniatados por éstos, además de mostrarse sumisos a los poderes fácticos del sistema. Todo ello, también comporta una tendencia hacia la jibarización del sector público a favor del sector privado, al tiempo que -contrariamente- la vida privada de las personas se transforma en pública.

En la sociedad de la información la corriente en pos de mayor transparencia se convierte en impetuosa, dado que los principales agentes de la misma son los poderosos medios de comunicación que, a través de ella, consiguen facilidades en la realización de su tarea investigadora y controladora de la actuación de la clase política, además de ofrecer al público los terribles casos de corrupción. Ante una sociedad que en su mayoría está sufriendo los efectos de la crisis, la publicación de conductas abyectas de los políticos contribuye a señalar a estos como chivos expiatorios de todos los males sociales.

Por ello, los partidos de gobierno también se suman a la onda transparente. Así, vemos que el gobierno del PP ha aprobado una Ley de Transparencia y asistimos en su día a la idea ocurrente del candidato socialista a presidir la Junta de Extremadura, consistente en la grabación de las reuniones con los líderes de Podemos , para tratar de los pactos de gobernabilidad en dicha región. Esta actividad teatral desnaturaliza la acción política, pues como indica Han “la política es una acción estratégica. Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza”. De hecho, nadie se puede creer que fuera del envaramiento propio de unas reuniones grabadas, sus protagonistas no se soltarán la melena para hablar claro y raso.

No deja de ser sorprendente cómo la ciudadanía, que muestra su temor a que su vida sea controlada por el entramado empresarial cibernético y los servidores sirena (el Gran Hermano), se decante por saber todo, no solo sobre la actuación pública de los políticos, sino también sobre aspectos privados de los mismos. Es como mirar los toros desde la barrera y coincidir en ella con unos medios de comunicación ávidos de este tipo de información.

De esta manera, es posible entender el lamentable espectáculo al que estamos asistiendo, con las exigencias de cambios radicales y mayores cotas de transparencia que los partidos emergentes están imponiendo a los clásicos. Para evitar el abrazo del oso y al objeto de disfrutar de unos momentos de gloria, clavan la anilla en el hocico de la bestia, con una mano en la cadena y con la otra la vara, la hacen bailar al son que desean y efectuar giros de 180º (antes ensayados por ellos, con sus promesas de jubilaciones a los 60, renta básica, impago de la deuda…) con las poses más grotescas. Hasta son capaces de mirar con lupa la cantidad de corrupción excretada por el organismo salvaje.

Y es tan estruendosa la charanga, que hasta alguno/s miembro/s secreto/s del clan del oso se ofrece/n a grabar -y difundir en los medios de comunicación- antiespectáculos celebrados en despachos oficiales, aunque sea con dos años de retrasos y mediante la comisión del correspondiente delito.

Ahora, cuando acabamos de elegir a nuestros representantes políticos, confiemos en que la labor parlamentaria de estos no se limite a señalar casos de corrupción (en definitiva, a apuntar hacia el pasado), sino en que sus propuestas apunten hacia el futuro, allí donde habrá que buscar nuevas fórmulas para hacer posible una mejora de la calidad de vida de nuestros ciudadanos.

 

#Democracia_Virtual_Ya (Acto II)

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(Fuente: La Sexta)

“La representación espectacular del hombre aglutina toda esta banalidad al concentrar en sí la imagen de un posible papel que desempeñar (la estrella). La condición de estrella del espectáculo es la especialización de la vivencia aparente, objeto de identificación con la vida aparente y sin profundidad que ha de compensar la fragmentación de las especializaciones productivas efectivamente experimentadas. Las estrellas del espectáculo existen como figuras de diversos tipos de estilos de vida y de comprensión de la sociedad, libres para ser desempeñadas en un nivel global“.
Gury Debord, La sociedad del espectáculo, Ed. Pre-Textos.

¿Qué vale más: un voto o un bit (plasmático)? ¿En qué aventaja un escaño a un sillón en el plató?

¿Cómo se desarrolla el fenómeno de la política virtual?: Los medios ofrecen el terreno de juego, las reglas por las que se guía el mismo, más los profesionales que dirigirán y arbitrarán las diferentes jugadas de los distintos jugadores. Éstos, nacidos bajo el signo mediático, utilizarán sus mejores artes para introducirse en la liga de las estrellas, y con el tiempo (cada vez más breve, por cierto) ascender a la cabeza de la división de honor mediática y, por ello, social y política.

Desde esta atalaya privilegiada, ya no puede sorprendernos que el máximo representante de este fenómeno mediático (Pablo, Príncipe de Populandia) llegue a autoproclamarse “Auténtico Líder de la Oposición”, tirando al cubo de la basura los votos obtenidos por el PSOE, y retando al Presidente del Gobierno a medirse con él en la Liga del Juego Virtual, aquélla que se juega en su terreno de jugo preferido: los platós de televisión, desde donde puedes hablar en representación de “la calle” y de “la gente”, sin necesidad de contrastar esa representación en las urnas.

Este estado de cosas, a unos nos puede resultar esperpéntico, a otros un espectáculo ridículo, aunque habrá un porcentaje indeterminado de gente que se lo creerá a pies juntillas. Alguien tildarà a Pablo Iglesias de arrogante, prepotente iluso y egocéntrico. Otro lo considerará como el líder que ha de salvar a España de la crisis (ética y económica), dándole una patada en trasero a la “casta”.

Pero, existe un peligro: después del Big Bang que ha supuesto la implantación de la sociedad de la información, y la posterior expansión de los sistemas cibernéticos y las redes sociales, los agentes interesados en esa expansión (directivos y profesionales de los medios de comunicación, principalmente) pueden, ahora, dirigir sus esfuerzos hacia la consolidación de la citada Plataforma de Política Virtual, y posterior crecimiento ilimitado de la misma. Con ello, puede conseguirse la suplantación de la Política Real, la sustitución de Parlamentos y demás instituciones de representación democrática, por los programas de tertulias en la TV, los videos en Youtube, y los mensajes en Facebook y Twitter. En definitiva, la usurpación del valor del voto depositado con garantías democráticas, por la naturaleza líquida de las encuestas y los índices de audiencia.

Tal vez, los intereses crematísticos de los todopoderosos mass media, nos dirijan hacia un mundo feliz, en el que el ciudadano -considerado como el rey, consentido, de la casa mediática-, cómodamente sentado en su sofá, ve desfilar en la pantalla de TV a unos personajes que juegan a la política, como al mismo tiempo sucede en platós vecinos, otros personajes de dudoso mérito social, exhiben sus entrañas y sus miserias humanas a una audiencia ávida de “pan y circo” y de sangre de ketchup.

Ahora, la nueva hornada de políticos son “jóvenes suficientemente preparados” en las lides catódicas y twitteras, con buena labia -aprendida en masters homologados- y presencia física y, lo que es más importante, con gran ambición de poder. Estos líderes provienen, en su mayoría, de organizaciones de izquierda radical y anti-sistema. Su fuerte alianza con unos medios de comunicación de titularidad capitalista, tentados en debilitar el sistema democrático real, no augura un futuro sociopolítico que cumpla los estándares de democracia plena, y donde “la gente” tiende hacia actitudes infantilistas, por la irresponsabilidad que se le predica (la culpa siempre es de otros) y una falta de compromiso político y social que encuentra su mejor coartada en las deficiencias del sistema existente, fundamentalmente, por la proyección en el presente de unos casos de corrupción que provienen de un pasado en el que pacían plácidamente las vacas gordas, y sagradas.

Esa corrupción político-empresarial que hunde sus raíces, como hemos dicho, en la época de mayor expansión de la burbuja financiero-inmobiliaria, y los defectos de funcionamiento que muestra el actual sistema constitucional para hacer frente a la crisis y dar respuestas a las inquietudes ciudadanas, es la excusa perfecta que han encontrado unos y otros para intentar reventar el sistema.

La prensa en España fue un pilar básico en el advenimiento y consolidación del régimen democrático en nuestro país. Pero, Bob Dylan cantó que “los tiempos están cambiando”, y los medios de comunicación han realizado su adaptación ante la presencia de una nueva realidad virtual, que nos puede dirigir peligrosamente hacia la distopía plasmática de un sistema político virtual en el que los autoproclamados portavoces de “la gente”, bajo la coartada de acabar con una casta que “no nos representa”, intenten hurtar a los ciudadanos el valor de uso del derecho fundamental a elegir a sus representantes políticos, así como obstaculizar su camino hacia una participación activa en la vida social, desde una actitud responsable sobre las consecuencias de sus actos.

Evidentemente, estos trazos dibujan una caricatura de la realidad presente y de las figuras institucionales de un futuro más o menos lejano. Mas, no podemos olvidar que la caricatura -al menos, la buena caricatura- siempre guarda la esencia y el parecido con el sujeto real. Puede que nos sirva para llamar la atención sobre unos fenómenos que están dándose en el presente de nuestra sociedad y que pueden conducirnos hacia un debilitamiento del sistema democrático, de manera que su estado enfermizo lo pueda convertir en desechable, en favor de la antedicha Plataforma de la Política Virtual.

¿Realidad? ¿Caricatura exagerada de la misma?

¿Estamos ante la imparable expansión del Juego de Tronos de la Política Virtual?