Corrupción: los árboles no dejan ver el bosque (ni la viga en ojo propio)

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Los casos de corrupción (su investigación por los medios de comunicación, partidos políticos adversarios, fiscales y jueces, así como su divulgación pública) ocupan un lugar preeminente entre los problemas que preocupan a la sociedad española (después del paro, según las múltiples encuestas que se realizan al respecto). Tanto es así, que han llegado a capitalizar el tránsito del bipartidismo imperfecto al tetrapartidismo cojonero, el cual ha convertido en misión (casi)imposible la formación de un gobierno para España.
Perpetrados en épocas de gran bonanza económica, antes del comienzo de la profunda crisis económica, los casos de corrupción se proyectan como sombras siniestras que amenazan el desarrollo pacífico de la vida social. Como un cuentagotas, desfilan por los medios de comunicación personas y organizaciones otrora depositarias de la confianza de la gente, en su calidad de agentes protagonistas del desarrollo económico y del bienestar social, y ahora convertidos en objeto de la sospecha de los medios de comunicación, de los tribunales de Justicia y, cómo no, de los diferentes círculos sociales.
Pero, ese trastabilleo social tiene hipnotizada a la opinión pública, de forma que la crítica social profunda que precisa el estudio de las causas que provocaron la crisis, así como las alternativas ideológicas y prácticas para superar la misma, no pueden abrirse camino en las mentes de las personas y, por lo tanto, no posee la suficiente energía para protagonizar el debate público, ni tan siquiera entre los sectores sociales más avanzados intelectualmente. Unos y otros, observan con morbo incontenido las crónicas periodísticas sobre las posibles tropelías de nuestros representantes políticos (mejor si son del polo partidario opuesto), sindicalistas y empresarios de postín, así como los actos por los que los órganos jurisdiccionales investigan (antes imputaban)  a los agentes políticos por la comisión de presuntos delitos.
Trasunto de los contenidos de la denominada “prensa rosa”, las crónicas jurídico-mediáticas y los programas de tertulias realizan la función catárquica que anteriormente correspondía a la prensa del corazón y, de manera aún más preterida a los fenómenos socioculturales ligados a la tragicomedia. Sumida la gente en sus miedos y preocupaciones cotidianas para intentar llegar a final de mes, encontrar o no perder el empleo, el señalamiento y escarnio mediático y las imputaciones y procesos judiciales, junto con las correlativas entradas en prisión (cuando se producen) de personalidades de la vida pública, supone un revulsivo para sus males.
Y, siendo conscientes del rédito electoral que creen obtener con este pimpampum de la corrupción mediática, determinados partidos políticos se apuntan a la floración del mismo, de manera que se produce un incremento exponencial de la judicialización de la vida política, lo que aumenta la percepción social (ya de por sí intensa) de que la corrupción domina la escena política española.
De ahí al desprestigio de la clase política, ya tildada como “casta” (ahora, “trama“…) por las formaciones políticas emergentes, que pretenden desmarcarse de status quo actual, al objeto de granjearse el favor del electorado en un futuro inmediato. Y, parece que la cosa funciona, y la espiral de la indignación no deja de crecer… y los gobiernos devienen fallidos antes de nacer.

Sin embargo, paralelamente (como efecto colateral no deseado por esas mismas organizaciones, que enarbolan banderas, más o menos, revolucionarias o regeneradoras), se enseñorea del campo ideológico y práctico la teoría neoliberal, la cual (no debe olvidarse) pregona la jibarización de las estructuras estatales, autonómicas y locales, entendidas como obstáculos indeseables en la marcha triunfal de una economía de mercado, montada sobre la base ideológica del “lassez faire, lassez passer” (cuestión que será tratada con mayor extensión en el próximo artículo).
En todo esto, es esencial el papel de los medios de comunicación, ya que, en el juego de equilibrios entre política y economía, se decantan a favor de la hegemonía de ésta última (lógico en las empresas que constituyen la mayor parte del campo comunicacional y que siguen a pie juntillas la lógica de búsqueda de beneficios empresariales). En este sentido, no se puede obviar que, excepción hecha de los medios de comunicación de adscripción pública (a los que siempre se les describe como voceros del gobierno de turno), la inmensa mayoría de dichos medios son de propiedad privada, auténticos holdings económicos con gran influencia en el devenir social y que, para incrementar su hegemonía social, procuran tener maniatada a la clase política con la complicidad de la gente, ganada día a día, noticia a noticia, tertulia a tertulia, neurona a neurona.
Así, los sectores sociales de adscripción ideológica progresista elevan a sus altares laicos a estrellas mediáticas, como Ferreras, Ana Pastor, Jordi Évole y Wyoming, presentados como martillos pilones contra la corrupción de los políticos conservadores. Por ello, son considerados líderes de la denuncia y, lo que resulta más que dudoso, del cambio social. Unos y otros, estrellas mediáticas y seguidores, no son conscientes de que no hacen más que reescribir el epigrama de El Gatopardo: “Que todo cambie para que todo siga igual“. Pues, en esta materia, hay “mucho ruido y pocas nueces” y, ante tanto barullo comunicacional, los árboles no dejan ver el bosque donde pueden acampar las ideas capaces de generar una alternativa viable al insatisfactorio estado de cosas actual.
En definitiva, tendremos que pergeñarnos de los instrumentos intelectuales adecuados para estar en condiciones de contestar a la pregunta capital: ¿Aún es viable el sistema capitalista? Si lo es, ¿qué reformas habrá que introducir en él, al objeto de reducir la miseria y las desigualdades sociales? Si, por el contrario, se llega a la conclusión de que el capitalismo ha llegado a su fin, ¿qué sistema ha de sustituirlo?
Si no somos capaces de pararnos a pensar y nos dejamos llevar por la corriente entrópica del potente río mediático, el oligopolio pesquero de siempre obtendrá las ganancias de toda una vida, la vida de cada uno de los seres humanos.
(Ilustración: Graffiti del Parque de Marxalenes, Valencia)

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