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Nostálgicos

Con motivo de los actos de la celebración exhumatoria, y posterior traslado para el entierro (¿definitivo?) del cadáver del dictador Francisco Franco, hemos asistido a otro espectáculo -éste, informativo- ofrecido en vivo y en directo por los canales de TV, la prensa y las redes sociales.

Así, la inmensa mayoría de los profesionales de los medios de comunicación daban testimonio de la exígua presencia, tanto en el Valle de los Caídos como en el cementerio de Mingorrubio, de un grupo de “nostálgicos” del régimen franquista, que exhibían banderas preconstitucionales y lanzaban vítores a Franco. Es evidente que para la mayor parte de los periodistas -que siguen a pies juntillas el manual de estilo dictado por la conciencia de lo políticamente correcto– sólo existen nostálgicos del franquismo.

Paradójicamente, no merecen el calificativo de nostálgicos las personas y colectivos político-sociales que reivindican el regreso a España de la República, mediante la exhibición machacona de la bandera de la II República (instaurada el 14 de abril de 1931), la intención de recuperar los cadáveres de las víctimas de la guerra civil (1936-1939) y la dictadura franquista (1939-1975), dispersos por las cunetas de las carreteras y las fosas comunes de los cementerios. A la vez, abogan por restituir la dignidad de estas víctimas inocentes, y propugnan el procesamiento de los responsables de los crímenes perpretados durante el franquismo.

En definitiva, estos nostálgicos de la República pretenden borrar de su particular Memoria Histórica la etapa fundamental en la Historia de España, denominada Transión hacia la Democracia, a través de la cual se generó el consenso fraternal y generoso que posibilitó la construcción del Estado Social y Democrático de Derecho, plasmado en la Constitución de 1978. No para olvidar, pero sí para superar las rencillas ideológicas que parecían insuperables en una España dividida políticamente, durante el largo periodo histórico comprendido entre los años 1936 a 1975, por no remontarnos a tiempos más lejanos.

Está claro que ambos colectivos de nostálgicos no comparten las misma naturaleza política: mientras los primeros añoran los tiempos de una dictadura nefasta, los otros anhelan el retorno de un sistema democrático no monárquico, aunque, eso sí, debidamente mitificado y del que se pretende ocultar sus imperfecciones, fallos y la existencia de actos violentos ejercidos por republicanos contra sus adversarios ideológicos.

A pesar de todo ello, para la inmensa mayoría de los medios de comunicación, solo son susceptibles de ser etiquetados como nostálgicos las personas pertenecientes al exiguo reducto de franquistas.

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Es el mismo fenómeno semántico que se produce con la identificación de VOX como “el paritodo de extrema derecha“. Con férrea disciplina lingüística e ideológica, los profesionales de la información se encargan de presentar siempre a VOX como “el partido de extrema derecha”, a modo de etiqueta o subtítulo de la denominación oficial de esa formación política.

Mas, no se sabe por qué extraño fenómenos mediático, en España no existe ningún “partido de extrema izquierda”. Por ejemplo, Unidas-Podemos no es un “partido de extrema izquierda”, a pesar de que en sus filas se integra Izquierda Unida y la corriente “anticapitalista”, y la formación dirigida con mano de hierro por Pablo Iglesias e Irene Montero ha manifestado su intención de “tomar el cielo por asalto” y desde allí cepillarse el “régimen del 78”, concebido por ellos como mera continuación del “régimen franquista”,

Tampoco son partidos de “extrema izquierda” ERC y EH-Bildu, aunque el primero ha sido promotor del golpe contra el Estado Social y Democrático de Derecho, en su intento de lograr la independencia de Cataluña, y el último es depositario de la herencia del terror de ETA.

Las intenciones políticas que se esconden bajo estas etiquetas perennes de “nostálgicos” y “el partido de extrema derecha”, forman parte de la estrategia del PSOE (iniciada e impulsada por Rodríguez Zapatero, con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, y continuada por Pedro Sánchez, desde la Presidencia del Gobierno de España) para remover la conciencia de la gente, a fin de poner el foco del debate político en el campo de la dramática confrontación que tuvo lugar durante la Guerra Civil, y de las penurias sufridas por los republicanos durante la dictadura franquista.

Ya que no existen grandes diferencias entre las políticas públicas llevados a cabo tanto por el partido de la “derecha” (PP), como el de la “izquierda” (PSOE) -fundamentalmente porque ninguna de ellas pone en cuestión el sistema socioeconómico de libre mercado-, los asesores y líderes socialistas se dedican en cuerpo y alma a sacudir el Árbol del Rencor Ancestral, en el intento de provocar una división ideológica (virtual, pero lo más profunda posible), la cual hunde sus raíces en los dolorosos acontecimientos acaecidos hace más de 80 años.

Esta es la inteligente forma que tiene el PSOE de intentar polarizar los posicionamientos ideológicos: potenciar a VOX, como partido radical de derechas, para que le reste votos al PP, remover los sentimientos prorrepublicanos y así posicionarse en el centro político, que es donde se encuentra el mayor caladero de votos. Esta es la garantía de una entrada plácida en el Jardín del Poder.

Evidentemente, toda esta perversión del lenguaje y de la política no podría realizarse sin la imprescindible y decisiva colaboración de los medios de comunicación social. Lejos quedan los tiempos en los que la prensa jugó un papel fundamental en la recuperación de la democracia en España. El sector de la información ha llevado a cabo su particular Transición -ya dentro del sistema democrático- hacia el imperio de la posverdad, la simulación, la parcialidad, el engaño y la mentira, cuando todo ello sea necesario para la consecución de sus intereses económicos e ideológicos.

Sin embargo, a pesar de la gravedad de este fenómeno social, nadie parece luchar contra esta otra corrupción que persigue, y provoca, la distorsión de la realidad, con el fin de manipular las conciencias de los ciudadanos en la ruta compartida hacia la consecución del poder político y de la ampliación de las audiencias mediáticas. Todo ello reconvertible en píngües beneficios económicos.

(Imágenes de TVE).

 

 

 

 

 

La insoportable levedad de la ‘nueva política’

Del grito indignado de “No nos representan”, y de la denuncia sobre los privilegios y actuaciones corruptas de la casta política, a calentar poltronas en el Congreso, en el Senado, en gobiernos autonómicos y municipales.

De abominar del “Régimen del 78”, como presunta continuación del franquismo, a la afirmación de Pablo Iglesias en el último debate de la investidura fallida de Pedro Sánchez de que “la Constitución es algo muy serio”.

Del eslogan populista “PSOE, PP, la misma mierda es”, a taparse la nariz y reclamar la entrada de miembros de Podemos en el Gobierno del apestado PSOE, aquel que en tiempos de Felipe González tuvo “las manos manchadas con cal viva” (en referencia a las actuaciones criminales del GAL), según nos recordó Pablo Iglesias en la primera investidura fallida de Pedro Sánchez que propició la investidura de Mariano Rajoy.

Es evidente: La ola de la indignación, que se generó con la contestación a los efectos de la crisis económica, acaba de morir en la playa exclusiva de la nueva casta.

El movimiento transversal que venía a quebrar el bipartidismo (no al eje izquierda-derecha, sí a la antítesis arriba-abajo, a favor de los oprimidos), termina por alienarse (perdón, alinearse) claramente en el sector ideológico de las izquierdas.

Podemos abrió la vía de la “nueva política”, el impulso capaz de regenerar el panorama político español y de dar por finiquitada a la “vieja política”, corrupta y antidemocrática. Una nueva vía que ha acabado por impregnar al resto de formaciones políticas. Pero, al final, después de analizar sus actuaciones ¿cuáles son los fenómenos políticos diferentes que ha aportado “la nueva política”:

  • Desmedida ambición de poder: Mientras se proclama la apuesta por la erradicación de la “vieja política”, se despliega antes nuestros ojos y oídos una despiadada y desnuda lucha por el poder, en la que, contradiciendo a Julio Anguita (“Programa, programa, programa”) lo último que se dirime en las negociaciones para formar un gobierno es un programa político y unas medidas para implementarlo. Así, el líder socialista Pedro Sánchez es capaz de pactar con cualquier formación política (sea constitucionalista o independentista) con tal de conseguir el poder. Mientras Podemos, un partido político con solo cuatro años de existencia y nula experiencia de gestión en la Administración de Estado, exige una Vicepresidencia y cinco Ministerios en el fallido gobierno de coalición con el PSOE.
  • Mercadeo político: Los cada vez más valorados asesores de los diferentes partidos no entienden de contenidos programáticos. Sus propuestas de táctica y estrategia se centran en fortalecer la imagen del líder del partido y de debilitar la posición de las fuerzas políticas adversarias. La táctica es la estrategia, y viceversa. Por eso, Pedro Sánchez actúa como un croupier de casino que reparte las cartas al resto de partidos políticos. En primer lugar, asigna el papel de “socio preferente” a Podemos, al tiempo que le niega su entrada en un gobierno de coalición o colaboración. A continuación, sin proponer pactos de Estado, pide al PP y a Ciudadanos que se abstengan en la votación para investirlo Presidente del Gobierno y así facilitar la formación de un ejecutivo que no dependa de las fuerzas populistas y separatistas. Todo ello para intentar ganar el terreno del centro político y así aumentar su representación parlamentaria, ante unas posibles elecciones generales cuya convocatoria depende de él.
  • Política de imagen y comunicación: Lo fundamental de las propuestas de los partidos políticos en la actualidad se ciñe a la colocación de la mejor imagen posible y de los mensajes de sus dirigentes en los medios de comunicación y, sobre todo, en las redes sociales, al objeto de ganar el favor de la opinión pública.
  • Cambio de paradigma moral y político: Antes eran importantes los posicionamientos ideológicos y el rigor a la hora de realizar propuestas políticas, así como en la actuación de los líderes políticos. En los tiempos que corren priva la falta de coherencia: No importa que un día se lance una propuesta y al día siguiente (o incluso durante el mismo día) se difunda una diferente o su contraria. El bien supremo es la obtención del poder al precio que sea.
  • Dificultad en la formación de ejecutivos: Tras complicadas, tediosas e interminables negociaciones, ahora los procesos electorales se suceden con excesiva rapidez. Ante la falta de capacidad para llegar a acuerdos, los líderes políticos delegan una y otra vez en los electores la responsabilidad que a aquellos les corresponde en la formación de gobiernos.

Estas son algunas de las claves que permiten entender el espectáculo en el que se ha convertido la −dos veces− fallida investidura de líder socialista Pedro Sánchez.

Ante este espectáculo frívolo y descarnado de lucha por el poder en España, es fácil caer en la tentación de cambiar de canal para seguir en vivo y en directo el Tour de Francia, allí donde se despliega ante nuestros ojos el formidable esfuerzo de los ciclistas camino del Tourmalet o del Iseran, por ejemplo.

 

 

Crisis, transparencia y vara contra la corrupción

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El imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violenciaBYUNG-CHUL HAN, La sociedad de la transparencia.

Ante la falta de alternativas al actual sistema, las propuestas de los denominados partidos emergentes se sitúan en el ámbito de la lucha contra la corrupción, y la necesidad de mayores niveles de transparencia para lucha contra aquélla. Son partidos nacidos de un sustrato de despolitización, de odio a la clase política, que ahora es identificada como casta.

En el camino hacia la transparencia, se apuesta por el perfeccionamiento de los aspectos formales, procedimentales, sin entrar en el fondo del asunto. Como dice Han en La sociedad de la información, esto equivale a una despolitización, ya que “la política cede el paso a la administración de necesidades sociales, que deja intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes y se afinca allí”.

Por otra parte, la exigencia de transparencia para luchar contra la corrupción, no deja de representar una proposición para que el sistema dado (el capitalismo) funcione mejor desde el punto de vista económico, para lo cual es necesario dejar hacer a los mercados sin las molestas interferencias de unos políticos que, al estar expuestos constantemente a la luz y taquígrafos de los medios de comunicación, se encuentran controlados y maniatados por éstos, además de mostrarse sumisos a los poderes fácticos del sistema. Todo ello, también comporta una tendencia hacia la jibarización del sector público a favor del sector privado, al tiempo que -contrariamente- la vida privada de las personas se transforma en pública.

En la sociedad de la información la corriente en pos de mayor transparencia se convierte en impetuosa, dado que los principales agentes de la misma son los poderosos medios de comunicación que, a través de ella, consiguen facilidades en la realización de su tarea investigadora y controladora de la actuación de la clase política, además de ofrecer al público los terribles casos de corrupción. Ante una sociedad que en su mayoría está sufriendo los efectos de la crisis, la publicación de conductas abyectas de los políticos contribuye a señalar a estos como chivos expiatorios de todos los males sociales.

Por ello, los partidos de gobierno también se suman a la onda transparente. Así, vemos que el gobierno del PP ha aprobado una Ley de Transparencia y asistimos en su día a la idea ocurrente del candidato socialista a presidir la Junta de Extremadura, consistente en la grabación de las reuniones con los líderes de Podemos , para tratar de los pactos de gobernabilidad en dicha región. Esta actividad teatral desnaturaliza la acción política, pues como indica Han “la política es una acción estratégica. Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza”. De hecho, nadie se puede creer que fuera del envaramiento propio de unas reuniones grabadas, sus protagonistas no se soltarán la melena para hablar claro y raso.

No deja de ser sorprendente cómo la ciudadanía, que muestra su temor a que su vida sea controlada por el entramado empresarial cibernético y los servidores sirena (el Gran Hermano), se decante por saber todo, no solo sobre la actuación pública de los políticos, sino también sobre aspectos privados de los mismos. Es como mirar los toros desde la barrera y coincidir en ella con unos medios de comunicación ávidos de este tipo de información.

De esta manera, es posible entender el lamentable espectáculo al que estamos asistiendo, con las exigencias de cambios radicales y mayores cotas de transparencia que los partidos emergentes están imponiendo a los clásicos. Para evitar el abrazo del oso y al objeto de disfrutar de unos momentos de gloria, clavan la anilla en el hocico de la bestia, con una mano en la cadena y con la otra la vara, la hacen bailar al son que desean y efectuar giros de 180º (antes ensayados por ellos, con sus promesas de jubilaciones a los 60, renta básica, impago de la deuda…) con las poses más grotescas. Hasta son capaces de mirar con lupa la cantidad de corrupción excretada por el organismo salvaje.

Y es tan estruendosa la charanga, que hasta alguno/s miembro/s secreto/s del clan del oso se ofrece/n a grabar -y difundir en los medios de comunicación- antiespectáculos celebrados en despachos oficiales, aunque sea con dos años de retrasos y mediante la comisión del correspondiente delito.

Ahora, cuando acabamos de elegir a nuestros representantes políticos, confiemos en que la labor parlamentaria de estos no se limite a señalar casos de corrupción (en definitiva, a apuntar hacia el pasado), sino en que sus propuestas apunten hacia el futuro, allí donde habrá que buscar nuevas fórmulas para hacer posible una mejora de la calidad de vida de nuestros ciudadanos.

 

¿Dónde va #LaGente?

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Desde que navegamos a la deriva, con motivo de las tempestades desencadenadas por la crisis económica, todo el mundo se ampara en la sociedad civil, en la necesidad de que asuma un papel activo, para poder salir, lo más airosamente posible, del torbellino socioeconómico. Incluso, tenemos líderes políticos de nuevo cuño que se arrogan la representación de aquella -simplemente para justificar sus posicionamientos políticos-, a la que suelen denominar #LaGente.

De esta manera, la gente va, la gente viene, la gente quiere, e incluso, en boca de los gurús de la new age política (el novísimo partidismo), la gente ha llegado a decir que nuestros representantes políticos (votados por los ciudadanos en elecciones libres) “no nos representan“.

Pero, ¿qué coño es #LaGente, digo, la sociedad civil? Existen muchos llamamientos, proclamas y reclamaciones dirigidas a la sociedad civil, pero pocos son los autores de los mismos que realizan un mínimo esfuerzo por identificar a los integrantes de este fenómeno social que, en buena parte de las citas a él -más virtuales que reales-, es presentado como antagonista de la clase política, ya transformada en casta.

Podríamos definir la sociedad civil como “el conjunto de sectores organizados de determinada sociedad“. Por ello, también puede ser entendida como la parte visible de la sociedad, pues su estructura organizativa y la realización de actividades públicas dan a conocer estos sectores al resto de la sociedad y a los medios de comunicación, que pueden hacerse eco, a su vez, de sus actuaciones para transmitirlas a la opinión pública.

A menudo, la sociedad civil es entendida como el conjunto de movimientos sociales y asociaciones ciudadanas que poseen un mayor grado de conciencia ciudadana, lo que, a su vez, supone una tendencia hacia la participación política, incluso orientada a la lucha partidista. Sin embargo, no podemos dejar de lado todo el rico tejido social que constituye a esa ciudadanía organizada, aunque sus fines no se dirijan hacia la participación política, sino hacia acciones con un fuerte componente cultural e identitatario (en cuanto formación de la personalidad individual y colectiva).

Es evidente, que dentro de la sociedad civil coexistirán los antes mencionados movimientos y lobbys sociales -más reivindicativos en la conquista de intereses grupales, que se pretenden generales-, con los sectores sociales que colaboran a favor de la extensión del bienestar social, así como con los generadores de cultura e identidad personal y comunitaria. Y ello es importante a la hora de definir una estructura que sea capaz de organizar y movilizar a la sociedad civil en conjunto, al objeto de constituirse -de una manera consciente y equilibrada- como contrapeso a las inercias endogámicas de las organizaciones partidarias, e intermediaria entre los partidos políticos y los poderes públicos.

En cuanto a su composición social y metas a alcanzar, se propone la siguiente subdivisión como base para el debate:

1) Sectores con perfil identitario:

a) Asociaciones culturales y artísticas.
b) Asociaciones festivas.
c) Clubs deportivos.
d) Parroquias y grupos religiosos…

2) Sectores con perfil participativo:

a) Asociaciones de vecinos.
b) Organizaciones juveniles.
c) Asociaciones de personas mayores.
d) Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos (AMPA).
e) Organizaciones de consumidores y usuarios.
f) Sindicatos.
g) Organizaciones empresariales.
h) Colegios profesionales.

i) Partidos políticos…

3) Sectores con perfil colaborativo:

a) Organizaciones No Gubernamentales (ONG).
b) Organizaciones No Lucrativas (ONL)…

A los efectos de estructurar el sector de la ciudadanía organizada y en movimiento, hay que destacar la relevancia que ha de tener el nivel municipal (con sus Consejos de Participación Ciudadana y otros canales de fomento de la actividad sociocultural), básico para la identificación concreta de los agentes sociales con capacidad de participación ciudadana e interlocución directa ante la Administración Pública, así como para colaborar en la elaboración del tejido social de ámbito autonómico que, finalmente, ha de converger en las cúspides estatal y europea.

Cómo puede concretarse la estructura de la sociedad civil y el funcionamiento de sus órganos de coordinación, ha de ser objeto de análisis sociológicos y meta de los órganos donde reside la soberanía popular.

También las personas individuales y concretas amparadas bajo el manto conceptual de #LaGente, debería colaborar en la definición y el establecimiento de las formas adecuadas para estructurar la sociedad civil, en el camino de conseguir la mayor participación posible de los ciudadanos en los foros políticos, allí donde se decide sobre su bienestar.

(Fotografía: Sociedad civil en movimiento, por la calles de Valencia).

 

¿Dónde está #LaGente?

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De un tiempo a esta parte, asistimos a la presión ejercida sobre la clase política, al objeto de que exista un mayor grado de transparencia en la gestión de los asuntos públicos. Esta demanda se pone en boca de ese concepto sociopolítico denominado #LaGente, y bebe del manantial de la corrupción que nace antes del comienzo de la crisis económica.

Aunque se quiere vender la burra de que es #LaGente (indignada) quien reclama esa transparencia por la pérdida de la confianza en #LaCasta, la presión fundamental en ese sentido es ejercida por los poderosos medios de comunicación que, a su vez, utilizan como portavoces suyos a los líderes de los más nuevos de los nuevos partidos, es decir, aquellos como Podemos (y Ciudadanos en menor medida) que han copado -y copan- los espacios televisivos de tertulias, aún desde la época en la que existían como extraparlamentarios en las instituciones españolas y europeas.

También es lógico que sean los medios de comunicación los más interesados en las políticas de transparencia, que tienen todos los incentivos del mundo para encontrar los escándalos más jugosos, que son los que más periódicos venden e incrementan las audiencias de radio y televisión. Además, cuentan con los instrumentos adecuados para “revisar y buscar errores y omisiones en presupuestos de miles de millones de euros con centenares de partidas… [Esto] requiere una cantidad de horas de trabajo extraordinaria, lo cual está al alcance de muy pocos” (PolitikonLa urna rota). Pero, para dichos autores “cualquier iniciativa en favor de la transparencia solo va a gozar de éxito si se cuenta con medios de comunicación independientes y fuertes para hacer uso de la información .

Y, precisamente, los grandes medios de comunicación españoles no pueden presumir de independencia, ya que o bien están alineados en favor del partido del Gobierno, o bien en favor de los partidos de la oposición, lo que se ha dado en llamar “pluralismo polarizado” y que, hasta hace poco, ha favorecido el mantenimiento del bipartidismo imperfecto, a la vez que ha favorecido la desactivación de las movilizaciones de la sociedad civil, ya que los ciudadanos han delegado sus inquietudes políticas en las líneas editoriales de los medios de comunicación afines ideológicamente, y con ello se dan por satisfechos. Excepción hecha de los sectores sociales más comprometidos que, por otra parte, se conforman con asistir a manifestaciones, protagonizar huelgas, y participar en las redes sociales. Con todo ello, la sociedad civil se encuentra desarticulada y se muestra pasiva. Para Politikon,

“Contamos con una ciudadanía en general poco articulada y asociada, capaz de movilizarse puntualmente, sobre todo de manera reactiva, pero poco orientada al compromiso y el trabajo organizado a medio y largo plazo sobre fines bien delimitados”.

Parece que a los ciudadanos de a pie les sobra con contemplar, cómodamente sentados en el sofá, los programas estilo Salvemos (Salvados) de luxe que se internan en nuestros hogares y extienden su influencia a las tertulias en el bar o en el centro de trabajo, con el objeto de poner a caldo a #LaCasta, haciéndose eco de las tropelías políticas denunciadas en los platós de televisión y, subsidiariamente, ante los tribunales de justicia.

Con estos mimbres no puede construirse un entramado ciudadano estable y potente, capaz de llegar a ser un interlocutor serio con la clase política y las omnipresentes y omnipotentes empresas de comunicación de masas, ya que los máximos esfuerzos de #LaGente se limitan a llevar a cabo acciones de carácter ocasional y reactivo, por lo que no pueden consolidarse estructuras políticas más participativas.

En consecuencia, no tenemos un tejido asociativo y de participación política fuerte, por lo que no existe una auténtica fiscalización vertical y las inquietudes en materia de transparencia se quedan en el morbo: sueldos de los cargos políticos, gastos más o menos justificados de las administraciones públicas, corruptelas… Como dicen los autores de La urna rota, “la apatía, la indignación ocasional y la negación sin matices de la política existente solo facilitan una política que ignore cada vez más a los ciudadanos”.

Dado el estado insatisfactorio de la cuestión, se impone como tarea fundamental para sociólogos, politólogos y demás gente de buen vivir, establecer los métodos que permitan conseguir la mayor vertebración posible de #LaSociedadCivil.

(Fotografía: El león Daoíz, guardián del Congreso de los Diputados, en la falla del Ayuntamiento de Valencia. Fuente La 1 de TVE)

Transparencia contra la corrupción

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“La gente tiene que creer en el gobernante y confiar en él; cuando confía, le concede una medida de libertad para actuar sin constante vigilancia o control. A falta de esa autonomía, nunca podría ponerse en marcha”.
Richard Sennett, El respeto.

La crisis socioeconómica actual, ha generado una serie de fenómenos que, aunque ya estaban latentes con anterioridad, han pasado a primer plano en el listado de preocupaciones de nuestra sociedad:

·El afloramiento de casos de  corrupción  derivados de la época de bonanza económica y la consiguiente  desconfianza en la clase política, convertida en casta, marcan de una manera clara la hoja de ruta de la política de nuestro tiempo. Las dificultades para alcanzar un  acuerdo de investidura a Presidente del Gobierno de España  (no digamos de gobernabilidad), por las medidas a aplicar en materia de corrupción, son un claro ejemplo de ello.

·Junto con los principales problemas ocasionados por la recesión económica, como son el fuerte incremento del  paro  y el aumento de la  desigualdad social, y la  precariedad  de muchas familias.

Así como las medidas para hacer disminuir el nivel de desempleo, se circunscriben a medidas políticas que tienen una fuerte componente técnica en materia económica y jurídica, por lo que no tienen un papel relevante en cuanto a presencia en los medios de comunicación, los casos de corrupción y las soluciones que se proponen para erradicarla, han devenido en las estrellas más mediáticas: copan los espacios informativos y los programas de  tertulia política, que parecen seguir el guión de cualquier  Salvemos de luxe.

La corrupción genera morbo, y el morbo es noticia. Y como los principales protagonistas de la corrupción son los políticos (junto con la imprescindible ayuda de empresarios), la posición de  la clase política se ve cada día más debilitada  ante los ojos de la opinión pública, que se siente engañada por la casta, lo que comporta la pérdida de confianza en sus -hasta hace bien poco-  legítimos representantes políticos.

Y para combatir la corrupción, nada mejor que la implantación de una política firme en materia de  transparencia. En ese sentido, el  Gobierno de España  ha sacado adelante la denominada Ley de Transparencia, al objeto de dar respuesta a la demanda de la opinión pública -y publicada-, aunque ya se oyen voces críticas sobre la idoneidad de dicha norma para atajar la corrupción “de raíz”. De todas las maneras, los autores de La urna rota, afirman que, si bien “es cierto que ha habido un número considerable de casos de corrupción en nuestro país, la evidencia empírica sugiere que somos pesimistas. De hecho, la situación no es tan mala como pensamos, comparada con la de los países de nuestro entorno”.

Según el filósofo  Byung-Chul Han, en el libro La sociedad de la transparencia, la exigencia de transparencia se hace oír cuando la gente ha perdido la confianza en sus políticos y, tal como señala  Sennett, esa situación impide a los mismos el ejercicio necesario de la  autonomía  para poder realizar sus funciones. Así, cuanta más transparencia se reclama, mayor es la debilidad de la clase política. Y  quienes más proclaman la necesidad de mayor transparencia son los medios de comunicación, interesados en ello por los siguientes motivos:

1.- Les facilita su labor de  investigación  y  afloramiento de nuevos casos de corrupción, con lo que se eleva el nivel de morbo en la sociedad.

2.- Se  incrementa su potencial de coacción y control sobre la clase política. Para  Han, “esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada. En eso consiste su rasgo totalitario”.

3.- La posición de los políticos se ve cada vez más debilitada, lo que comporta una  mayor dependencia de los planes e intereses (políticos y crematísticos) de los medios de comunicación, en cuanto empresas privadas y portavoces privilegiados de la clase capitalista.

Tal vez por ello, Han señala que “la transparencia forzosa estabiliza muy efectivamente el sistema dado. La transparencia es en sí positiva. No mora en ella aquella negatividad que pudiera cuestionar de manera radical el sistema económico-político que está dado […] Solo es por entero transparente el espacio despolitizado. La política sin referencia degenera, convirtiéndose en  referendum“. En consecuencia, “la política cede el paso a la administración de necesidades sociales, que deja intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes y se afinca allí”.

Una vez generada la  necesidad  de transparencia, su expansión parece imparable. Está claro, que a los medios de comunicación nunca les parecerán suficientes las medidas sobre transparencia, de ahí, las críticas a las medidas contempladas en la  Ley de Transparencia. Queda por saber si su evolución también seguirá el modelo de las  burbujas, y que llegará un punto en el que se pinche.

Tampoco podemos pasar por alto que el fenómeno de la transparencia política está inserto en el marco global de una sociedad transparente, dominada por las  empresas punteras en tecnología digital  que, a través del  big data,  Internet   y de las  redes sociales, controlan cada vez más nuestros datos personales, al objeto de facilitar las transacciones económicas y los negocios.

Reclamamos más transparencia a nuestro sistema político y no pensamos que tal vez esta actitud sea el eco de la ambición de  Facebook, Amazon, Google  y del resto de  buscadores  y empresas cuyo principal capital es el  big data, en crear una sociedad cada vez más transparente para hacernos cada vez más visibles , al objeto de poder  controlar nuestras huellas sociales  y colocarnos sus productos.

Cabe que nos preguntemos: ¿Hay vida política más allá de la demanda de transparencia? ¿La demanda de transparencia agota el listado de las reivindicaciones políticas? ¿Volveremos a depositar la confianza en nuestros legítimos representantes políticos?

(Ilustración:  La nena wapa, wapa. Graffiti en el Parque de Marxalenes, Valencia)

Corrupción: los árboles no dejan ver el bosque (ni la viga en ojo propio)

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Los casos de corrupción (su investigación por los medios de comunicación, partidos políticos adversarios, fiscales y jueces, así como su divulgación pública) ocupan un lugar preeminente entre los problemas que preocupan a la sociedad española (después del paro, según las múltiples encuestas que se realizan al respecto). Tanto es así, que han llegado a capitalizar el tránsito del bipartidismo imperfecto al tetrapartidismo cojonero, el cual ha convertido en misión (casi)imposible la formación de un gobierno para España.
Perpetrados en épocas de gran bonanza económica, antes del comienzo de la profunda crisis económica, los casos de corrupción se proyectan como sombras siniestras que amenazan el desarrollo pacífico de la vida social. Como un cuentagotas, desfilan por los medios de comunicación personas y organizaciones otrora depositarias de la confianza de la gente, en su calidad de agentes protagonistas del desarrollo económico y del bienestar social, y ahora convertidos en objeto de la sospecha de los medios de comunicación, de los tribunales de Justicia y, cómo no, de los diferentes círculos sociales.
Pero, ese trastabilleo social tiene hipnotizada a la opinión pública, de forma que la crítica social profunda que precisa el estudio de las causas que provocaron la crisis, así como las alternativas ideológicas y prácticas para superar la misma, no pueden abrirse camino en las mentes de las personas y, por lo tanto, no posee la suficiente energía para protagonizar el debate público, ni tan siquiera entre los sectores sociales más avanzados intelectualmente. Unos y otros, observan con morbo incontenido las crónicas periodísticas sobre las posibles tropelías de nuestros representantes políticos (mejor si son del polo partidario opuesto), sindicalistas y empresarios de postín, así como los actos por los que los órganos jurisdiccionales investigan (antes imputaban)  a los agentes políticos por la comisión de presuntos delitos.
Trasunto de los contenidos de la denominada “prensa rosa”, las crónicas jurídico-mediáticas y los programas de tertulias realizan la función catárquica que anteriormente correspondía a la prensa del corazón y, de manera aún más preterida a los fenómenos socioculturales ligados a la tragicomedia. Sumida la gente en sus miedos y preocupaciones cotidianas para intentar llegar a final de mes, encontrar o no perder el empleo, el señalamiento y escarnio mediático y las imputaciones y procesos judiciales, junto con las correlativas entradas en prisión (cuando se producen) de personalidades de la vida pública, supone un revulsivo para sus males.
Y, siendo conscientes del rédito electoral que creen obtener con este pimpampum de la corrupción mediática, determinados partidos políticos se apuntan a la floración del mismo, de manera que se produce un incremento exponencial de la judicialización de la vida política, lo que aumenta la percepción social (ya de por sí intensa) de que la corrupción domina la escena política española.
De ahí al desprestigio de la clase política, ya tildada como “casta” (ahora, “trama“…) por las formaciones políticas emergentes, que pretenden desmarcarse de status quo actual, al objeto de granjearse el favor del electorado en un futuro inmediato. Y, parece que la cosa funciona, y la espiral de la indignación no deja de crecer… y los gobiernos devienen fallidos antes de nacer.

Sin embargo, paralelamente (como efecto colateral no deseado por esas mismas organizaciones, que enarbolan banderas, más o menos, revolucionarias o regeneradoras), se enseñorea del campo ideológico y práctico la teoría neoliberal, la cual (no debe olvidarse) pregona la jibarización de las estructuras estatales, autonómicas y locales, entendidas como obstáculos indeseables en la marcha triunfal de una economía de mercado, montada sobre la base ideológica del “lassez faire, lassez passer” (cuestión que será tratada con mayor extensión en el próximo artículo).
En todo esto, es esencial el papel de los medios de comunicación, ya que, en el juego de equilibrios entre política y economía, se decantan a favor de la hegemonía de ésta última (lógico en las empresas que constituyen la mayor parte del campo comunicacional y que siguen a pie juntillas la lógica de búsqueda de beneficios empresariales). En este sentido, no se puede obviar que, excepción hecha de los medios de comunicación de adscripción pública (a los que siempre se les describe como voceros del gobierno de turno), la inmensa mayoría de dichos medios son de propiedad privada, auténticos holdings económicos con gran influencia en el devenir social y que, para incrementar su hegemonía social, procuran tener maniatada a la clase política con la complicidad de la gente, ganada día a día, noticia a noticia, tertulia a tertulia, neurona a neurona.
Así, los sectores sociales de adscripción ideológica progresista elevan a sus altares laicos a estrellas mediáticas, como Ferreras, Ana Pastor, Jordi Évole y Wyoming, presentados como martillos pilones contra la corrupción de los políticos conservadores. Por ello, son considerados líderes de la denuncia y, lo que resulta más que dudoso, del cambio social. Unos y otros, estrellas mediáticas y seguidores, no son conscientes de que no hacen más que reescribir el epigrama de El Gatopardo: “Que todo cambie para que todo siga igual“. Pues, en esta materia, hay “mucho ruido y pocas nueces” y, ante tanto barullo comunicacional, los árboles no dejan ver el bosque donde pueden acampar las ideas capaces de generar una alternativa viable al insatisfactorio estado de cosas actual.
En definitiva, tendremos que pergeñarnos de los instrumentos intelectuales adecuados para estar en condiciones de contestar a la pregunta capital: ¿Aún es viable el sistema capitalista? Si lo es, ¿qué reformas habrá que introducir en él, al objeto de reducir la miseria y las desigualdades sociales? Si, por el contrario, se llega a la conclusión de que el capitalismo ha llegado a su fin, ¿qué sistema ha de sustituirlo?
Si no somos capaces de pararnos a pensar y nos dejamos llevar por la corriente entrópica del potente río mediático, el oligopolio pesquero de siempre obtendrá las ganancias de toda una vida, la vida de cada uno de los seres humanos.
(Ilustración: Graffiti del Parque de Marxalenes, Valencia)