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¿Dónde está #LaGente?

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De un tiempo a esta parte, asistimos a la presión ejercida sobre la clase política, al objeto de que exista un mayor grado de transparencia en la gestión de los asuntos públicos. Esta demanda se pone en boca de ese concepto sociopolítico denominado #LaGente, y bebe del manantial de la corrupción que nace antes del comienzo de la crisis económica.

Aunque se quiere vender la burra de que es #LaGente (indignada) quien reclama esa transparencia por la pérdida de la confianza en #LaCasta, la presión fundamental en ese sentido es ejercida por los poderosos medios de comunicación que, a su vez, utilizan como portavoces suyos a los líderes de los más nuevos de los nuevos partidos, es decir, aquellos como Podemos (y Ciudadanos en menor medida) que han copado -y copan- los espacios televisivos de tertulias, aún desde la época en la que existían como extraparlamentarios en las instituciones españolas y europeas.

También es lógico que sean los medios de comunicación los más interesados en las políticas de transparencia, que tienen todos los incentivos del mundo para encontrar los escándalos más jugosos, que son los que más periódicos venden e incrementan las audiencias de radio y televisión. Además, cuentan con los instrumentos adecuados para “revisar y buscar errores y omisiones en presupuestos de miles de millones de euros con centenares de partidas… [Esto] requiere una cantidad de horas de trabajo extraordinaria, lo cual está al alcance de muy pocos” (PolitikonLa urna rota). Pero, para dichos autores “cualquier iniciativa en favor de la transparencia solo va a gozar de éxito si se cuenta con medios de comunicación independientes y fuertes para hacer uso de la información .

Y, precisamente, los grandes medios de comunicación españoles no pueden presumir de independencia, ya que o bien están alineados en favor del partido del Gobierno, o bien en favor de los partidos de la oposición, lo que se ha dado en llamar “pluralismo polarizado” y que, hasta hace poco, ha favorecido el mantenimiento del bipartidismo imperfecto, a la vez que ha favorecido la desactivación de las movilizaciones de la sociedad civil, ya que los ciudadanos han delegado sus inquietudes políticas en las líneas editoriales de los medios de comunicación afines ideológicamente, y con ello se dan por satisfechos. Excepción hecha de los sectores sociales más comprometidos que, por otra parte, se conforman con asistir a manifestaciones, protagonizar huelgas, y participar en las redes sociales. Con todo ello, la sociedad civil se encuentra desarticulada y se muestra pasiva. Para Politikon,

“Contamos con una ciudadanía en general poco articulada y asociada, capaz de movilizarse puntualmente, sobre todo de manera reactiva, pero poco orientada al compromiso y el trabajo organizado a medio y largo plazo sobre fines bien delimitados”.

Parece que a los ciudadanos de a pie les sobra con contemplar, cómodamente sentados en el sofá, los programas estilo Salvemos (Salvados) de luxe que se internan en nuestros hogares y extienden su influencia a las tertulias en el bar o en el centro de trabajo, con el objeto de poner a caldo a #LaCasta, haciéndose eco de las tropelías políticas denunciadas en los platós de televisión y, subsidiariamente, ante los tribunales de justicia.

Con estos mimbres no puede construirse un entramado ciudadano estable y potente, capaz de llegar a ser un interlocutor serio con la clase política y las omnipresentes y omnipotentes empresas de comunicación de masas, ya que los máximos esfuerzos de #LaGente se limitan a llevar a cabo acciones de carácter ocasional y reactivo, por lo que no pueden consolidarse estructuras políticas más participativas.

En consecuencia, no tenemos un tejido asociativo y de participación política fuerte, por lo que no existe una auténtica fiscalización vertical y las inquietudes en materia de transparencia se quedan en el morbo: sueldos de los cargos políticos, gastos más o menos justificados de las administraciones públicas, corruptelas… Como dicen los autores de La urna rota, “la apatía, la indignación ocasional y la negación sin matices de la política existente solo facilitan una política que ignore cada vez más a los ciudadanos”.

Dado el estado insatisfactorio de la cuestión, se impone como tarea fundamental para sociólogos, politólogos y demás gente de buen vivir, establecer los métodos que permitan conseguir la mayor vertebración posible de #LaSociedadCivil.

(Fotografía: El león Daoíz, guardián del Congreso de los Diputados, en la falla del Ayuntamiento de Valencia. Fuente La 1 de TVE)

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Transparencia contra la corrupción

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“La gente tiene que creer en el gobernante y confiar en él; cuando confía, le concede una medida de libertad para actuar sin constante vigilancia o control. A falta de esa autonomía, nunca podría ponerse en marcha”.
Richard Sennett, El respeto.

La crisis socioeconómica actual, ha generado una serie de fenómenos que, aunque ya estaban latentes con anterioridad, han pasado a primer plano en el listado de preocupaciones de nuestra sociedad:

·El afloramiento de casos de  corrupción  derivados de la época de bonanza económica y la consiguiente  desconfianza en la clase política, convertida en casta, marcan de una manera clara la hoja de ruta de la política de nuestro tiempo. Las dificultades para alcanzar un  acuerdo de investidura a Presidente del Gobierno de España  (no digamos de gobernabilidad), por las medidas a aplicar en materia de corrupción, son un claro ejemplo de ello.

·Junto con los principales problemas ocasionados por la recesión económica, como son el fuerte incremento del  paro  y el aumento de la  desigualdad social, y la  precariedad  de muchas familias.

Así como las medidas para hacer disminuir el nivel de desempleo, se circunscriben a medidas políticas que tienen una fuerte componente técnica en materia económica y jurídica, por lo que no tienen un papel relevante en cuanto a presencia en los medios de comunicación, los casos de corrupción y las soluciones que se proponen para erradicarla, han devenido en las estrellas más mediáticas: copan los espacios informativos y los programas de  tertulia política, que parecen seguir el guión de cualquier  Salvemos de luxe.

La corrupción genera morbo, y el morbo es noticia. Y como los principales protagonistas de la corrupción son los políticos (junto con la imprescindible ayuda de empresarios), la posición de  la clase política se ve cada día más debilitada  ante los ojos de la opinión pública, que se siente engañada por la casta, lo que comporta la pérdida de confianza en sus -hasta hace bien poco-  legítimos representantes políticos.

Y para combatir la corrupción, nada mejor que la implantación de una política firme en materia de  transparencia. En ese sentido, el  Gobierno de España  ha sacado adelante la denominada Ley de Transparencia, al objeto de dar respuesta a la demanda de la opinión pública -y publicada-, aunque ya se oyen voces críticas sobre la idoneidad de dicha norma para atajar la corrupción “de raíz”. De todas las maneras, los autores de La urna rota, afirman que, si bien “es cierto que ha habido un número considerable de casos de corrupción en nuestro país, la evidencia empírica sugiere que somos pesimistas. De hecho, la situación no es tan mala como pensamos, comparada con la de los países de nuestro entorno”.

Según el filósofo  Byung-Chul Han, en el libro La sociedad de la transparencia, la exigencia de transparencia se hace oír cuando la gente ha perdido la confianza en sus políticos y, tal como señala  Sennett, esa situación impide a los mismos el ejercicio necesario de la  autonomía  para poder realizar sus funciones. Así, cuanta más transparencia se reclama, mayor es la debilidad de la clase política. Y  quienes más proclaman la necesidad de mayor transparencia son los medios de comunicación, interesados en ello por los siguientes motivos:

1.- Les facilita su labor de  investigación  y  afloramiento de nuevos casos de corrupción, con lo que se eleva el nivel de morbo en la sociedad.

2.- Se  incrementa su potencial de coacción y control sobre la clase política. Para  Han, “esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada. En eso consiste su rasgo totalitario”.

3.- La posición de los políticos se ve cada vez más debilitada, lo que comporta una  mayor dependencia de los planes e intereses (políticos y crematísticos) de los medios de comunicación, en cuanto empresas privadas y portavoces privilegiados de la clase capitalista.

Tal vez por ello, Han señala que “la transparencia forzosa estabiliza muy efectivamente el sistema dado. La transparencia es en sí positiva. No mora en ella aquella negatividad que pudiera cuestionar de manera radical el sistema económico-político que está dado […] Solo es por entero transparente el espacio despolitizado. La política sin referencia degenera, convirtiéndose en  referendum“. En consecuencia, “la política cede el paso a la administración de necesidades sociales, que deja intacto el marco de relaciones socioeconómicas ya existentes y se afinca allí”.

Una vez generada la  necesidad  de transparencia, su expansión parece imparable. Está claro, que a los medios de comunicación nunca les parecerán suficientes las medidas sobre transparencia, de ahí, las críticas a las medidas contempladas en la  Ley de Transparencia. Queda por saber si su evolución también seguirá el modelo de las  burbujas, y que llegará un punto en el que se pinche.

Tampoco podemos pasar por alto que el fenómeno de la transparencia política está inserto en el marco global de una sociedad transparente, dominada por las  empresas punteras en tecnología digital  que, a través del  big data,  Internet   y de las  redes sociales, controlan cada vez más nuestros datos personales, al objeto de facilitar las transacciones económicas y los negocios.

Reclamamos más transparencia a nuestro sistema político y no pensamos que tal vez esta actitud sea el eco de la ambición de  Facebook, Amazon, Google  y del resto de  buscadores  y empresas cuyo principal capital es el  big data, en crear una sociedad cada vez más transparente para hacernos cada vez más visibles , al objeto de poder  controlar nuestras huellas sociales  y colocarnos sus productos.

Cabe que nos preguntemos: ¿Hay vida política más allá de la demanda de transparencia? ¿La demanda de transparencia agota el listado de las reivindicaciones políticas? ¿Volveremos a depositar la confianza en nuestros legítimos representantes políticos?

(Ilustración:  La nena wapa, wapa. Graffiti en el Parque de Marxalenes, Valencia)