Huyendo del mundanal ruido

Se intensifica el éxodo vacacional. La gente huye despavorida de la monotonía y del trabajo. Las carreteras soportan la inmensa cantidad de vehículos que trasladan a sus propietarios al apartamento de la playa o a la casita del pueblo. Los aeropuertos se colapsan por la gran cantidad de personas que vuelan hacia países más o menos lejanos. Pero, ¿la gente huye también del bombardeo informativo?

La mayoría de los economistas aseguran que la crisis iniciada en 2008 ha alcanzado una gravedad semejante a la que tuvo lugar con el denominado “crack de 1929”. Su profundidad y duración así parecen corroborarlo: colapso del sistema bancario, cierre de empresas, paro galopante, extensión de la pobreza… Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre estas dos grandes crisis: la actual ha tenido lugar en la era en la que se han intensificado los fenómenos de la globalización y del crecimiento exponencial del tráfico de la información. Debido a ello, los hechos sociales y las opiniones vertidas sobre estos se extienden rápidamente por el globo terráqueo, a través de los medios de comunicación de masas y de las redes sociales.

Y la hiperinformación acaba generando ruido social molesto. La noticia suele residir en el hecho desagradable: las muertes violentas, los accidentes de todo tipo, la comisión de delitos y la aplicación de las penas correspondientes, los casos de corrupción política… Los mass media fomentan y amplifican dicho ruido porque con él incrementan los niveles de audiencia y , por ello, les es rentable económicamente, pues las estridencias producen morbo y la gente compra el morbo con gusto.

Las crisis cíclicas (tanto las regulares como las extraordinarias) son inherentes al sistema capitalista y se caracterizan por provocar -en mayor o menor medida- paro, recortes salariales, más pobreza, encogimiento de los servicios públicos (por mengua de los ingresos de las Administraciones Públicas), incremento de las desigualdades sociales… Ahora, a las miserias producidas por la crisis hay que añadir la polución generada por el intensísimo tráfico comunicacional. De esta manera, las mentes de los ciudadanos llegan a percibir mayores niveles malestar psíquico-social: la crisis nos parece más especial, nefasta y duradera.

Tal es así, que el veloz y masivo reflejo que la formación de los fenómenos sociales contemporáneos tienen en los medios de comunicación, ha llegado a producir la generación de nuevas enfermedades psíquicas. Se ha constatado el progresivo incremento en la sociedad de nuevos miedos, como la “ecoansiedad”, la cual ya ha empezado a tratarse en los Estados Unidos, tan en vanguardia de todo.

Incluso ya podemos encontrar especialistas médicos en la fobia a la materia mediática por antonomasia: el cambio climático. Se llamanecoterapeutas” y una de ellas, Linda Buzzell, afirma que “las noticias sobre la situación del planeta son muy traumáticas, y muchas personas, impotentes ante los acontecimientos, tratan de bloquear estas informaciones. Pero tarde o temprano el miedo rompe su mecanismo de defensa y la gente experimenta muchísimo malestar .

¿Será el mayor y más rápido acceso a la información que caracteriza este nuevo siglo el culpable del nuevo temor global? Para el psiquiatra Enrique González Duro, autor del libro Biografía del miedo (Ed. Debate), una sociedad más informada no equivale necesariamente a una sociedad más miedosa, pero si más mediatizada. “Hay una excesiva cantidad de información, pero que no es cualitativamente diferente. Por ello, en las encuestas de opinión, la gente contesta que le preocupa lo que ve en la televisión: la amenaza terrorista, por ejemplo, que es una información que se repite hasta la saciedad”… 

Dado que la mayoría de las personas acostumbran a informarse por los mismos canales ―y todos los canales repiten las mismas informaciones―, sus cerebros acumulan una información estandarizada y ―aunque parezca contradictorio― sesgada.

Por lo que respecta a la situación socioeconómica, tenemos la impresión de que no nos vamos a quitar de encima el estado anímico provocado por la crisis. En tiempos pasados se consideraba que la economía de un país salía de la crisis cuando empezaba a crecer el PIB y a disminuir el paro. Ahora se dejan de lado las cifras macroeconómicas positivas y, los medios de comunicación, junto con los partidos que no ejercen el poder, se centran en destacar los casos concretos donde se plasman las desigualdades, la violencia, la corrupción y las miserias varias, elevando a la condición de categoría los fenómenos particulares. Y siempre quedará algún desahucio por ejecutar, algún ERE por tramitar, y algún vagabundo que viva debajo de algún puente…

Así puede entenderse el crecimiento del estado de indignación en la esfera social y el posterior nacimiento y potente desarrollo de los movimientos políticos populistas. Su presencia en el escenario dominado por el ruido social, permite el establecimiento de una complicidad interesada con algunos medios de comunicación de masas, los cuales cuentan con un instrumento más para difundir la contaminación informativa, tan rentable en términos crematísticos.

Las fuerzas populistas (independentismo catalán incluido), fusionadas con la que hemos dado en llamar izquierda ceniza, y en alianza con tertulianos varios, simplemente se limitan a poner el dedo en determinadas llagas del cuerpo social para intentar desahuciar al cuerpo entero, al sistema. Al final, todo queda en pura venta de humo mediático, pues sus pretendidas alternativas al sistema quedan reducidas a propuestas programáticas de políticas irrealizables -y perfectamente intercambiables por otras diferentes, según convenga- cuya virtualidad reside en captar el voto del ciudadano indignado, tanto por los hechos de la realidad como por los fenómenos informativos.

Como existirán siempre diferencias sociales y miserias individuales, las fuerzas aliadas del populismo y de la información continuarán generando el ruido suficiente para que resulte imposible alcanzar un grado aceptable de bienestar psíquico.

Hercúlea se antoja la misión de reducir el nivel de polución mediática. Aún más complicada parece la labor intelectual de realizar diagnósticos rigurosos sobre las deficiencias estructurales del sistema vigente, para acabar proponiendo alternativas viables al mismo. Pues, al entendimiento de los fenómenos económicos y sociales, hay que añadir los factores ideológicos, filosóficos y mediáticos que los alumbran o encubren.

Por eso, huimos hacia la quietud del mar y de la montaña, o buscamos nuevas impresiones en otros países… en cuanto podemos.

(Fuente de la fotografía: El Confidencial, aeropuerto de El Prat, Barcelona)

 

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