Con(tra) Franco viví(a)mos mejor

De un tiempo a esta parte la política está marcada por la superficialidad, ante la falta de alternativas sólidas y creíbles a la fuerte crisis que padece el sistema socio-económico imperante. Los efectos más llamativos de esta superficialidad los encontramos en los siguientes hechos:

-La preponderancia del marketing y de las formas, como manera de diferenciarse del oponente político que, por cierto, cada vez es más igual en cuanto a mantener el statu quo del sistema.

Poder cada vez mayor de los medios de comunicación por lo que respecta al establecimiento de la hoja de ruta y las formas en las que se exterioriza la política. Ello se manifiesta en los fenómenos siguientes:

·Selección de líderes mediáticos, como productos elaborados en los platós de televisión, fundamentalmente (vid. ‘Líderes mediáticos, ¿líderes mediatizados?’ http://wp.me/p5yGMp-1e).
·Fervor por el sistema de primarias para la selección de estos líderes.
·Trasvase del debate político de los parlamentos a los platós televisivos (vid. ‘#Democracia_Virtual_Ya’ http://wp.me/p5yGMp-2C).

Dentro de este contexto socio-político, las formaciones que se reclaman transformadoras acaban afirmando su voluntad de respetar el marco del sistema capitalista, a pesar de proponer unas alternativas falsamente revolucionarias:

a) Identifican la democracia con sus creencias políticas y a ‘la gente’ con sus seguidores y votantes. Eslóganes como el de “no nos representan” del movimiento 15-M, y el más reciente de “la democracia ha vencido en Grecia”, tras el triunfo del ‘NO’ en el referéndum convocado por Tsipras, con la posterior sumisión a las exigencias de la la UE, por cierto.

b) Pugnan por poner cara a los presuntos culpables de la crisis que, por ello, son señalados como los responsables de las desigualdades inherentes al sistema capitalista. Ello tiene el efecto benefactor de simplificar al máximo las complejidades inherentes a cualquier intento de aprehensión rigurosa de la realidad socio-económica.

Tal vez por ello, estas fuerzas transformadoras, que en un principio abrazaban la ideología marxista, ahora andan navegando por las procelosas aguas de la transversalidad y la ambigüedad ideológica.

Sin ir más lejos, el mismo Marx huyó de las simplificaciones y no se limitó a señalar con el dedo acusador a los capitalistas como responsables de todos los males que acarrea el capitalismo. Ni siquiera la clase capitalista en su conjunto debería de asumir ese papel de chivo expiatorio de la desigualdad y la alienación inherente al sistema que ella dirige. Pues, para Marx “… El capitalismo es un sistema de dominación abstracto e impersonal. Comparado con las formas sociales anteriores, las personas aparentan ser independientes pero, de hecho, están sujetas a un sistema de dominación social que no parece social, sino ‘objetivo’ (Tiempo, trabajo y dominación social. Una reinterpretación de la teoría crítica de Marx, Moishe Postone, Ed. Marcial Pons, Madrid 2006, pág. 186).

Según la teoría marxista, igual de infeliz (alienado) es el pobre proletario como el rico capitalista. La condena de ambos residía en vivir atados a un sistema injusto que hundía sus raíces en la conversión del trabajo humano en mercancía. Evidentemente, la concreción de estas premisas marxistas, así como su revocación y la propuesta de alternativas rigurosas, exigen una ingente labor intelectual, muy alejada del ruido mediático actual, de los focos deslumbrantes de los platós de televisión, y del confeti y las banderas derrochados en cualquier primaria que se tercie.

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Graffiti por la zona de El Temple, Valencia

¿De qué nos sirven esas posturas políticas basadas en el sentimiento de indignación (por tanto, en la irracionalidad y la irreflexibilidad), si no es para identificar al adversario político como chivo expiatorio de nuestros males, al objeto de movilizar a la gente contra ellos dentro de la estrategia de conquista del poder?

Por eso el título de la entrada, válido tanto para los partidarios como para los detractores de Franco. Los primeros, consideraban que, efectivamente, bajo su mandato se vivía mejor. Para los otros, Franco -como dictador- encarnaba al régimen opresor, de modo que su figura facilitaba la visualización del responsable de la instauración y mantenimiento de un sistema falto de las mínimas libertades públicas. Luchar contra Franco era luchar contra un sistema injusto y antidemocrático. En ese sentido, los dictadores facilitan la tarea de identificación del enemigo a batir, pues el rechazo a cualquier dictadura se manifiesta de una manera más clara.

Ahora disfrutamos de un régimen democrático dentro del sistema capitalista (con todos sus defectos). Por ello, poner rostro humano a las desigualdades inherentes al sistema facilita la tarea intelectual. También se logra el mismo objetivo a través de poner etiquetas ideologizadas que, seleccionando algunos aspectos de la realidad, favorecen la venta de determinado producto político entre ‘la gente’, que de esta manera se indigna con facilidad. ‘Casta’, ‘partidos nuevos-partidos viejos’, ‘empoderamiento’ y ‘rescate’ (de) ‘la gente’, ‘ley mordaza’, ‘impuesto al sol’…

En estos tiempos (líquidos) que corren, se imponen los tuits de 140 carácteres y los libelos de 70 páginas escasas (vid. ‘Indigna(d)os’ http://wp.me/p5yGMp-12). Todo ello, va dirigido a buscar en nosotros respuestas emocionales, estados de indignación, ante una situación social insatisfactoria.

No obstante, ‘hem d’anar més lluny‘, hemos de buscar la radicalidad (de ‘raíz’) de los contenidos ideológicos, madurados en debates serenos y rigurosos, si queremos que la Humanidad siga la hoja de ruta adecuada para lograr el máximo bienestar posible de nuestra especie.

(Foto: Retirada de la estatua de Franco en Valencia, 1983. Fuente: El País)

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